El lenguaje de la comunicación

¿Se puede entender un acontecimiento, se pueden entender los signos de la vida misma? El tema tiene una antigüedad indiscutible: si hay distintos planos de comprensión de los significados del mundo, cualesquiera fueran ¿quién produce los niveles de discernimiento de la realidad en una sociedad histórica? Mejor dicho: ¿quién los define? Me propongo escribir unas cuartillas sobre la cuestión, descartando filosofías establecidas y esquemas fijos. Me permitiré ser rápido, tomando las cosas como vayan saliendo.

Me doy cuenta, entonces, con lo poco ya dicho, que en la diferencia entreproducir ydefinir encontramos un gran dilema. Es fácil pensar que los conocimientos no son accesibles a todos, en cualquier momento y condición. Que hay estadios, regulaciones, pedagogías, estribaciones, grados y progresiones. Eso es: nada más aceptable que la idea de que hay pasos previos, antelaciones, prelaciones. Elíjase la palabra que sea, pero de igual modo llegamos al lenguaje definido como cierto uso de una oculta primacía. Los medios de comunicación y su lenguaje creo que nos proponen dos cosas: trabajar con la hipótesis de que no existen esas primacías encubiertas, y reproducirlas en otros planos con sus propios medios. ¿Estamos frente a una lengua artificial? ¿Se puede sostener que frente a la idea generosa de que “el lenguaje nos hace libres” veamos en él las manifestaciones subterráneas de un oscuro dominio?

No es que quisiéramos que sea así, somos personas naturalmente predispuestas a no considerar la lengua que hablamos como una institución jerárquica. Lo primero quequeremos ver democratizado es el lenguaje. En primer lugar, el que empleamos nosotros. Todos producimos actos de lenguaje y no nos preocupamos en que lugar de esa trama insondable estamos situados. Hablar, hablamos libremente. Imaginamos que allí protagonizamos escenas igualitarias. No creemos que justo donde parecemos libres e iguales, se encuentre una fuente permanente de coacción.

Sin embargo, la idea misma de civilización está enfundada en una consideración progresiva del aprendizaje.En sí misma surge de hegemonías invisibles, no fácilmente detectables, que sin embargo, lo que llamamos educación, se ofrece para desentrañar. La educación convierte en la facilidad de un método a la dificultad inherente al lenguaje. Lo imagina meramente progresivo y sin obstáculos internos. La era de los “medios de comunicación” acentuó la idea de que hay otra ecuación posible. Sería la que imparten los medios bajo la idea de que puede liquidarse de un plumazo cualquier obstáculo en el lenguaje, proveniente de su dificultad para mostrarse como un hecho progresivo del conocimiento o para advertir los poderes oscuros que carga.

Que todo obstáculo puede dominarse con conocimientos y pedagogías adecuadas, así lo establecen también la escuela y la universidad. Hay pedagogos y didactas, acompañados por disciplinas educacionales y psicológicas que indican la progresividad de las etapas del conocimiento en relación a las etapas de maduración de la emotividad individual. Los medios de comunicación heredan el lado fácil de esta visión educacional. Pero la establecen en el primer nivel de estas sobreentendidas progresiones. Para ellos los educandos, los públicos, los oyentes y espectadores, reciben el producto de una especial pedagogía que tendrá todos los pasos futuros que se quiera, pero que en principio se detiene en el primer capítulo del aprendizaje. Y no se llama aprendizaje sino sentido común, gigantesca traducción a un plano único y a un lenguaje plano de todos los avatares del legado cultural del pasado.

No se podrá decir que los propios medios de comunicación no propongan su propia estratificación cognoscitiva. Pero se presenta bajo la forma dicotómica de –por ejemplo- una “televisión cultural” o los “programas de culto” y una lógica ya aceptada que también tiene dos alas. Una, la creación de un lenguaje artificial pero que se quiere tomado del naturalismo popular, que compone su dicción con los niveles de comprensión súbita de los “contenidos”, a fuer de “entretenimiento” para el que “llega cansado a la noche a su casa” (y esto origina un debate sobre la creación de esta civilización postiza que se manifiesta planetariamente, y que tiene vericuetos de interés que no fueron adecuadamente percibidos por quienes los ejecutan o por los críticos de la televisión). Y otra, el lanzamiento de una fuerza didáctico-divulgativa que surge de su propia consideración del tiempo y del lenguaje (“bloques”, formatos”, inteligible”, “que la gente lo entienda”, etc.), que implanta un didactismo propio, tomado de las grandes teorías pedagógicas sobre los pasos de la maduración de la conciencia.

Se trata de un didactismo, o mejor de un divulgacionismo que arroja también diversos resultados. George Steiner, uno de los más sutiles críticos contemporáneos del naufragio de la experiencia literaria en medio de la civilización periodística, se animó a un programa de televisión con consignas literarias. Pudieron verse en la televisión argentina, y es recordable el programa que le dedicó a Kafka. Era la televisión con su proyecto divulgacionista. Pero a la vez era George Steiner explorando resquicios novedosos de una explicitación que se internaba en zonas inexploradas antes, con elegancia y profundidad. No abandonaba matices y resplandores repentinos; la imagen lo acompañaba. Era claro y confidencial a la vez, con puntuaciones en el montaje que en sí mismo suponían un lenguaje con gramáticas que implicaban primicias efectivas.

Nuestro divulgacionismo televisivo, que ha triunfado sobre la Universidad y la llamada Academia, no ha llegado a esas posibilidades. Cumple su tarea sin demoler, no obstante, a esas entidades universitarias y académicas, pues las necesita. Cierto: el novel periodista o locutor, cuando convoca a “académicos”, se percibe que íntimamente no le convencen, cuando no los desprecia. Pero los tolera, porque la televisión no puede cargar toda ella, enterita, el malestar en la cultura ytutti cuanti. La televisión no se anima a sustituir por completo todos los núcleos de la actividad y la cartografía cultural heredada, porque sospecha oscuramente que nadie le creería. A la vez, nadie cree demasiado en los legados civilizatorios, pero no se está dispuesto a aceptar que algo los reemplace en regla. Por eso abundan las enciclopedias del conocimiento, la ilusión a su “acceso”, que contiene proyectos adecuados, desde el D´Alambert y Diderot hasta el de Boris Spivacow, y proyectos inadecuados, de achatamiento general de la vida cognoscente en un único idioma del traductorado de la Vulgata distribuidora de contenidos de losmassmedia.

El joven locutor del canal, cuando llama a un “académico” lo instruye sobre cómo tiene que hablar, y aunque le dice “doctor”, piensa que efectivamente no sabe nada, porque seguramente tropezará en el empleo del único idioma que tiene vigencia educacional, y no lo utilizará bien. Hablará de más, dirá palabras “difíciles”, etc. No cultivará el “pensamiento rápido” como lo supo llamar Pierre Bourdieu. Pero éste, con escribir un libro lúcido sobre la televisión, pensó que la solución estaba en resguardar los idiomas científicos elaborados sobre bases conceptuales ya probadas. No transita por allí nuestra idea. No pensamos que la “ciencia”, tal como hoy es considerada, sea la solución para proponer el contrapunto necesario con la papilla industrializada en términos de imagen-jerga por la televisión. Tampoco pensamos que el punto de partida para reponer el drama del lenguaje en sus niveles más porosos y creativos, sea el de aceptar múltiples lenguajes progresivos –como decíamos al principio-, que a imagen y semejanza de la escuela que conocemos, tome a párvulos televisivos y los introduzca a cada vez niveles más complejos. No es la idea que tenemos del conocimiento. Éste opera por resultados inherentes a lo que la conciencia ya dispone y por secuencias súbitas, variadas y agolpadas en cada punto denso de la percepción individual o colectiva. Es la educación la que, mientras tanto, puede ser “progresiva”.

¿Cómo trasladar esto a la idiomática de los medios? Me parece que pensando en un lenguaje que tenga una unidad interna cultivada desde siempre, pero con múltiples estrías. ¿En la televisión también? Sí, porque sino estaríamos todos en manos de los gurúes de la divulgación y además con la perspectiva de que lo que se presenta como “lenguaje llano”, tendría todo el aspecto de las acciones unidireccionadas y asimétricas. Es decir, como señalábamos más arriba, confirmando que en el lenguaje hay focos de sujeción invisible, cuanto más se acerca a lo que llamaríamos su “masividad”. Justo allí donde parece destronado de ataduras académicas, de lo que Sarmiento consideraba la acción de los “Senadores de la gramática”.

Como todos, saludamos la ínsita creatividad de las lenguas populares y su capacidad de preservar el tesoro civilizatorio, a veces mucho más allá que las vanguardias o las elites. Pero otra cosa es la argamasa que fabrican los medios masivos. Por eso, está por verse aún un proyecto de construcción de imágenes públicas masivas que sea el equivalente de los grandes momentos intencionales de la humanidad: una televisión-Caravaggio o una televisión-Eisentein, para ejemplificar muy breve. Pero para eso se precisa reflexionar sobre el lenguaje, su unidad y su dispersión, su rareza y su pasividad, su núcleo interno de coherencia y sus revientes necesarios en su andar por el camino de los hablantes efectivos. Esa marcha verdadera falta aún en los medios, que podrán descubrirla, porque no le faltan recursos en la medida que manejan las potencias de un lenguaje combinatorio que, otra vez, en este recodo de las cosas, proyecta rearticular imágenes, sonidos, hablas, colores y conocimientos –algo más allá del mero “contenido”, pues involucra tecnologías y culturas a un tiempo-, que es lo que tiene a su disposición, como lo tuvo el Renacimiento o el Surrealismo, pero aún no considera que todo ello fragüe en una retórica o un lenguaje nuevo.

Si nos ponemos gramscianos, podríamos decir que la vida colectiva puede verse como una constante definición de planos heterogéneos y diferentes en el uso de un único lenguaje. Lo practicamos sin darle el carácter de una imposición, de un suave yugo, pero es yugo al fin. Al presentarnos ante el lenguaje y presentarse el lenguaje en nosotros, hay entonces síntomas de primacía. Una primacía quizás invisible, pero que se revela en inflexiones, tonalidades, énfasis. La figura etérea de la disparidad social se aloja en las frases que pronunciamos. Es porque todo lenguaje implica una preponderancia delquién. Es sabido que abundaron y abundarán las tesis que nos hablan de que en el lenguaje argumental y en la conversación equilibrada se deshacen todos los focos de supremacía. No obstante, las grandes tradiciones del estudio de la lengua y del habla parten de la idea de que en ese ámbito se juegan las formas de dominación que informan al ser público y a la existencia privada.

Creo recordar que en algún momento de sus opiniones limítrofes, Roland Barthes arriesgó la fórmula de que todo lenguaje es fascista. Saquemos la palabra fascista y tenemos un verdadero tema: todo lenguaje parte de una imposición, de un desequilibrio, de una dislocación en el mundo, y en un extremo, de una venganza. Es por eso que hablar siempre nos deja descontentos, antes que satisfechos ante un intercambio que posibilitó un mundo desentrañado en términos de una comunicación. Los teóricos comunicacionales del siglo veinte insistieron en que toda disparidad existencial podría evitarse si el lenguaje usual practicado en el trato social habitual contuviese en sí mismo la posibilidad del argumento más afectivo, dotado de mayor racionabilidad. Siendo así, habría una desavenencia, pero lo sería entre el buen uso comunicacional y el uso deficiente, no adecuadamente argumentado. Esta utopía comunicacional subsiste precisamente porque sabe que lucha en un mundo donde los actos hablados son una maraña seductora pero confusa, donde triunfa el implícito y la sinrazón.

Es grato hablar, precisamente por eso. Notamos de inmediato que en esa manera tormentosa del habla se juegan posiciones sociales. León Trotzky supo hacer un análisis de los insultos e injurias que el kulak le dirigía al mujik, y vió allí la encarnación de la luchas de clases y las fórmulas de dominación. Quizás no deba exagerarse la homologación entre lenguaje y lucha social, al punto de considerar que toda la lengua colectiva sea un terreno de disputa, al igual que el célebre “fetichismo de la mercancía”. En este caso, nada está fijo, todo se halla en estado de discusión, pues hay que desmontar los sutiles mecanismos de la ilusión. Como en todo, siempre hay en las cosas una porción libre que está en disputa. Pero nada de esto sería posible si no permaneciera siempre un sedimento resistente, que no se pone en juego constantemente, y cuando lo hace, es que suenan las campanas de una transformación radical.

La hipótesis comunicacional más ostensible es la que nos llama a pensar que el lenguaje es un objeto vivo transparente de punta a punta. En este caso ni se piensa que haya partes en reelaboración colectiva permanente ni sedimentos profundos reacios a las indagaciones de la autoconciencia. Se prefiere verlo como un instrumento dócil, readecuable a otros instrumentos de alta densidad tecnológica que componen la realidad de los llamados “medios de comunicación”. Quizás, por primera vez en la historia de la humanidad se ha desbalanceado el orden técnico respecto al orden lingüístico. Aparatos de producción incesante de imágenes han relegado la fuerza inmanente de la palabra como no lo había hecho ni la pintura –desde las cavernas arcaicas hasta las revoluciones artísticas del siglo XX-, ni el cine, que reconocidamente buscó y obtuvo distintas fuentes de relación con la literatura. Y si bien no es justo cargar sobre la imagen la responsabilidad de expulsar el enigma o lo irreductible a la comprensión, las sucesivas revoluciones tecnológicas insistieron en que al descansar sobre la efigie o los íconos se lograba más comunicabilidad que si hubiera que procurar esos apoyos en la palabra.

Cuando sobrevino la radio como lazo colectivo simultáneo, importantes filósofos del siglo XX imaginaron que se presentaban interesantes problemas en torno al uso de la voz. Carlos Astrada sostuvo en los años 20 que se estaba ante un retorno fructífero a los fecundos tiempos de la antigüedad, en los que el entendimiento humano reposaba en intercambios verbales dramáticos. Pero esas mismas potencialidad de la radio, no eran vistas del mismo modo por Jean-Paul Sartre, que se mostraba escéptico respecto a que a través de ella se generaran grupos de acción colectiva con conciencia operativa. Como sea, quedaba planteado el problema de si a través del “lenguaje comunicacional” se reponía la más antigua vocación filosófica en torno a las chances de que un enunciado prefiriera su núcleo pedagógico masivo –con su horizonte básico apelando al sentido común general-, o resguardara un sentimiento último, de gran radicalidad, alrededor de lo enigmático que contendría. Porción no reducible a ningún acto inmediato de interpretación. El enigma sería, en el corazón misma de las conmociones técnicas de la comunicación-, lo que salvaría a la comunicación misma, haciéndola efectiva. ¿Cómo? Dándole la misma realidad de la obra de arte.

Una compleja obra como la de Theodor Adorno intentó sostener en la condición enigmática (esto es, en la cuestión del enigma), el trámite de la obra artística. Difícil definir un enigma, es decir, aclarar con otras palabras lo que reniega de ser explicado por un conjunto de palabras que extenúe completamente su significación. En el enigma la explicación no puede llegar a cubrir las potencias de la cosa o de la obra. Adorno imaginó así que en el enigma está el secreto de la obra, visto como un remanente inexplicable que impide que la cierre cualquier esclarecimiento que sea. En la ruta de ese enigma, propone que las personas desprovistas de arte, justamente por su necedad, son las que en el otro polo del apreciador erudito, comprenden bien de qué se trata. Se juntan en algún punto de la comprensión del enigma del arte, el filósofo de la dialéctica negativa y el necio.

Siempre pensé que estas raras percepciones de Adorno, no siempre bien comprendidas, eran una ruta de entrada compleja pero efectiva a la creación de las carreras de ciencias de la comunicación en todo el mundo, lo que en nuestro país ocurrió hacia mediados de los años 80. Pero se prefirió como numen, en cambio, al más mesiánico pensamiento de Walter Benjamín, lo que es explicable por una extraña paradoja. Benjamín escribe con el cuño del aforismo. Es seductora su miniaturización de la experiencia, su técnica de ensambles sorprendentes de distintos planos del sentido, su idea de la “modernidad” como una poética del distraído paseante urbano. Las alegorías le dieron una legibilidad y un poder de imposición temática que pareció funcionar un tanto a contrapelo de las insinuaciones barrocas de su obra. Inclusive sus escritos sobre el lenguaje de los hombres son de una gran complejidad y defienden estrictamente un lenguaje no traducible en última instancia, con su sacralidad menos atenuada que sus famosos trabajos sobre la obra de arte, al punto que le atribuye al pensamiento burgués la idea de la comunicabilidad del lenguaje, para afincarse en la idea de una lengua edénica es expresiva de su propia intraducibilidad, pues resguarda las voces irrepetibles de la creación del mundo.

Es así que con banderas benjaminianas pero no las adornianas que hubieran sido las más apropiadas (he allí la paradoja), los estudios de ciencias de la comunicación en nuestro país se desplegaron en una suerte de populismo mediática vanguardista, con dos o tres conceptos fundamentales que luego de un par de décadas pasaron a la discusión en la esfera pública: la “crítica a la naturalización” era uno de ellos, y el otro “la construcción de la noticia”. Temas de la tradición dialéctica el primero, y de la tradición retórica el segundo. Todo se convertía en realidad histórica en flujo incesante, ya no podía haber sedimentos al margen de la interrogación respecto a que una idea de cultura transparente lo explicaría todo.

La tesis del “poder/saber”, súbitamente manejada, también contribuyó para que todo lo que se veía como “naturalizado” fuera tratado como la consecuencia de un conocimiento que fundaba poderes y viceversa –en una circularidad que los promotores originales de esas tesis no habilitaban plenamente-, y el mundo del lenguaje periodístico fue despojado de la idea de objetividad, proclamada una reserva táctica de las operaciones –este término también se configuró como concepto- que se traducían en un construccionismo cultural permanente.

Hija de cierto absolutismo retórico, esta idea depositó en la hipótesis de la “construcción de la noticia”, todo el conocimiento disponible sobre la voluntad de poder de los medios de comunicación en estado puro. Es decir, todo era denunciable en términos de una naturalización operada por poderes encubiertos, poseedores de saberes denunciables en tanto formas de dominación, por lo que sobre las gramáticas heredadas había que poner en primer plano las “operaciones retóricas” que develasen la génesis constructivista (histórico-social) de los lenguajes.

De lo dicho anteriormente, podemos obtener enseñanzas esenciales, pues este debate tiene tanta importancia como la que exige también el cuidado con el que debemos utilizar los términos con que se desarrolla. La antigüedad clásica (hablo ligeramente acá de temas que exigirían más prevenciones argumentales, es claro), tuvo dudas respecto a que todo se resolviese en un plano de ejecuciones retóricas. Basta considerar elGorgias de Platón, la cuestión de las pasiones en Aristóteles, las discusiones ciceronianas y el mismo Quintiliano. Un puente lo hace un ingeniero con otros saberes que no los de la retórica, aunque para hacerlo hay formas retóricas internas en el saber que de veras tiene: la arquitectura, las matemáticas, el cálculo de estructuras, etc. En cambio, la televisión contemporánea, en una época donde no actúan los Aristóteles ni los Cicerón, es totalmente retórica. Cierta vez, Mariano Grondona dijo lamentar que la televisión política deje afuera a políticos con buenas ideas que “no comunican bien”, mientras deja pasar a los que con menos ideas “comunican mejor”. El problema no está correctamente planteado pero sugiere que toda la capacidad de emisión televisiva, incluso una transmisión futbolística, se adecua a las formas de la retórica, de las cuales, el universo publicitario es su manifestación eximia. En los días del Mundial, un crítico agudo como Juan Sasturain, indicó que los partidos de fútbol, cada vez más él creía que debían tratarse como un relato dialéctico.

El resultado de estas comprensiones del lenguaje comunicativo es el de una hipótesis mayor sobre el hecho de que los medios detentan las bases inmediatas de inteligibilidad de los contenidos (incluso la actual idea de “contenido” tiene que ver con este llamado al relato que pivotea sobre un grado cero de inteligibilidad). Es decir, hay un punto conocido a partir del cual se establece el “contenido” y se legisla sobre el resto de los contenidos ofertados, o sea, sobre el conjunto de la vida cultural e intelectual de la sociedad. Incluso esto ocurre en las formas más renovadoras de la televisión, aún en las que no borraron los naturales tabiques idiomáticos entre las palabras “prohibidas” y el lenguaje corriente, matando así la gallina de los huevos de oro.

En efecto, el lenguaje vive de sus heterogéneos planos de composición, utilizando napas que son arcones legados y sedimentados en la historia de la lengua, sus interdicciones y posibilidades. Cuando se decide que “puede decirse todo”, “puede investigarse todo”, para cumplir supuestos imperativos de ciudadanía, transparencia, “democracia cuando se enciende una cámara” y remoción de los obstáculos “elitistas” del idioma, en verdad queda el lenguaje comunicacional convertido en una apelmazada pócima de artificios salidos de una fábrica de dictámenes discursivos, que no es el idioma real hablado por sus heterogéneos hablantes, pero a condición de hacer creer que es el lenguaje natural de una sociedad, termina imponiéndolo. El “naturalismo” de los medios de comunicación es una operación artificiosa más, así como la crítica a la naturalización que realiza el partido del progresismo en los medios queda en carencia de algo que también necesita: una mirada hacia sedimentos heredados del lenguaje, hipótesis de inteligibilidad historizadas y no tecnologizadas desde la isla de edición. Se precisa pues una idea de lenguaje con su tolerancia a la opacidad desde el punto de vista de “producción” de los “niveles de discernimiento” (de los que hablé más arriba), y una idea de incerteza respecto a la “definición” de esos mismos niveles.

Esto quiere decir que nacen de una experimentación guiada por la práctica misma de los medios como parte esencial de las herencias culturales más heterogéneas, y no de decisiones previas tomadas a partir de laratio comunicativa imperante, que en un sentido metalingüístico puede estar a ambos lados de las actuales trincheras del debate. La Ley de Medios, real innovación de los ensambles comunicacionales, que con razón concitó un gran apoyo social, debe proseguir con un gran debate que en sí mismo ella no resuelve aunque ayuda a proyectar como dilema sustantivo futuro: ¿cuáles serán las culturas retóricas de los próximos capítulos culturales del país, de modo que no queden presas de un dictamen de intelección basado en el panóptico impuesto por la temporalidad y el montaje meta-hegemónico? ¿Cuáles serán las prácticas comunicacionales que surjan de la crítica al aparato dictaminador que caracterizó el magisterio compulsivo inventado por los nuevos intelectuales mediáticos?

No nos referimos aquí al de los monopolios y su “sentido común”, sino al que surge de los imperativos de una época tecnológica, con sus consignas reordenadoras del conjunto de la experiencia sensible humana. Un estilo cultural y un lenguaje heredado de la crítica pueden estar en vías de extinción si además de las realidades desmonopolizadoras de la nueva Ley no se cuidan los aspectos de la relación entre los lenguajes históricos y los públicos contemporáneos, candidatos a todas las redenciones posibles, como siempre lo fueron los públicos, los del siglo I, los del renacimiento, los de la París del siglo XIX o los de nuestra época.

Y respecto a la “objetividad”, no puede quedan crucificada en el tabernáculo de la “construcción de la noticia”. Bienvenida sea la pedagogía con la cual se desentumece lo que parecía establecido en las anteriores hipótesis del sentido común. Pero una nueva objetividad es necesaria y posible, que corrija la catequesis constructivista, que no nos deja anclajes lingüísticos que no vivan a la misma velocidad que las luchas de la trinchera política. Estas nos interesan y en ellas participamos. Pero lo haremos mejor si la consigna es también la de reponer una objetividad crítica de mayor nivel que la conocida, con sus planos irresueltos de lenguaje, sus reluctancia a las pedagogías salidas de pequeños mandamases del set o de los gerentes del piso, en el respeto reclamado hacia las singularidades del lenguaje, y porque no hacia su verdadera fábrica interna: sus irresoluciones, sus titubeos, cuando no sus enigmas.

Horacio González

Horacio González publicó Historia de la biblioteca nacional –de la que es su actual Director- entre más de una decena de libros.