¿Cómo ser un cuerpo contemporáneo?


La felicidad es un estado bioquímico y no depende

necesariamente de un hecho específico, explica la terapeuta

corporal Regina Favre [...]. “El secreto es transformar la

adrenalina –asociada al miedo, al estrés y a la ansiedad– en

endorfina y serotonina, que están relacionadas con la

sensación de bienestar”.

Revista Claudia

(Brasil, 2010)

Los modos y usos corporales han cambiado mucho en las últimas décadas. Sería difícil negar la feliz relajación, entre nosotros, de aquellos rigores que amarraban y presionaban a los cuerpos heredados de la cultura decimonónica, cuya vigencia permaneció casi intacta hasta bien adentrado el siglo XX. Sin embargo, algo insiste en conspirar contra la tan buscada libertad corporal, aquella que casi se creyó alcanzar al galope de los revoltosos años sesenta y setenta. Una mirada genealógica, atenta a las metamorfosis más recientes, sospecharía que los dispositivos de poder se reacomodaron tras aquellos ataques que intentaron dinamitarlos, redoblando su eficacia al suscitar fervores y ataduras más a tono con el nuevo clima de época.

Lo cierto es que hoy en día, en plena era del “culto al cuerpo” y de la felicidad compulsiva, ya no nos desvelan ni la represión de los deseos prohibidos ni las culpas ceñidas en polvorientos recatos. Pero tampoco parece tratarse de un regocijo que brota en sabia plenitud, a flor de piel o en grata comunión con los demás, sin ningún tapujo capaz de aguar la fiesta tan arduamente conquistada. No es exactamente ése el cuadro contemporáneo. ¿Por qué? Al menos en parte, porque son otras las fuerzas que movilizan a quienes circulan por este planeta globalizado, impulsando determinadas configuraciones corporales y subjetivas mientras desalientan cualquier desvío de esos carriles priorizados.

La moral de la buena forma

¿Acaso puede hablarse, todavía, de normas y desvíos? Si es cada vez más evidente que las reglas del juego se han redefinido en las últimas décadas, también parece innegable que una vigorosa estimulación constante se infiltra en los cuerpos contemporáneos, sembrando un vasto conjunto de apetitos que riñen unos con otros en goloso torbellino y solicitan, todos juntos, su urgente consumación. Entonces, liberados al fin de las severidades disciplinarias y de ciertos moralismos de otrora, los cuerpos del nuevo milenio se ven suavemente intimados a adecuarse a otros ritmos y moldes. Así como a respetar novedosos tabúes que, al fin de cuentas, terminan canalizando productivamente sus potencialidades; y, por ende, también las cercenan. En ese camino descubrimos —con cierta perplejidad, aunque no raramente anestesiada debido a su veloz “naturalización” en el sentido común— algo que suena a estafa: el nuevo pacto no es tan generoso como prometía ser.

Para poder disfrutar de las delicias inherentes a la celebración corporal que supimos conseguir, hay que cumplir una serie de requisitos. Todo un cortejo de valores sumamente actuales se alinea en torno a la flamante moral de la buena forma, que exige no sólo autoestima, bienestar y calidad de vida, sino también originalidad, éxito y alto desempeño en todos los ámbitos. Todo eso regado con generosas dosis de placeres inmediatos y constantes, y todo espectacularmente visible. Se despliega, entonces, una paradoja tan imprevista como elocuente: el “culto al cuerpo” no ha traído solamente sensaciones agradables, ligadas al gozo de la feliz condición encarnada. El lado sombrío de esa tendencia es la inesperada transformación del propio cuerpo en fuente permanente de inquietudes y disgustos.

Al tener que someterse a una incesante labor correctiva, que suele ser tan entusiasta como penosa, el cuerpo también sufre. Una y otra vez se lo castiga debido a la tenaz intransigencia de su constitución material, que se juzga siempre inadecuada a la luz de un modelo cuya consistencia es tan volátil como las imágenes que lo asedian. Porque lo que se anhela, en esa lucha desigual contra la tozudez de la carne, es alcanzar una virtualización de índole imagética: tan etérea como dolorosa, tan descarnada como descarnante. Un cuerpo que, curiosamente, deberá renunciar a su espesor carnal para poder consumarse triunfalmente como tal.

Es así como opera la moral de la buena forma: los individuos expuestos a todas las presiones del desencantado y acolchonado mundo contemporáneo, son interpelados por los discursos mediáticos que enseñan las facciones y leyes del “cuerpo perfecto”; al mismo tiempo, se los mantiene al tanto de todos los riesgos vinculados a las actitudes y los estilos de vida que podrían apartarlos peligrosamente de ese ideal. El mero hecho de vivir —es decir, el azar de ser un cuerpo vivo, orgánico y con densidad material—ya es una enorme desventaja en esa misión, puesto que casi todo conduce al fatal deterioro físico. Comer, por ejemplo, aunque sea tan sólo alimentos ligeros y saludables, o simplemente estar en el mundo mientras el tiempo transcurre y va dejando sus abominables secuelas en la carne. Todo conduce, inexorablemente, a la degeneración de aquella pulcra imagen corporal que alumbra la senda rumbo a la tierra prometida.

Aún así, se nos dice que es posible prevenir lo peor; o, al menos, que se podría postergar la llegada de ese desenlace fatídico. O bien, algo que tal vez sea más importante todavía, al menos por ahora: es posible —e insistentemente recomendado— disimular las señales visibles de esa tragedia, que se exponen cruelmente en la propia piel. No es tarea fácil: ese emprendimiento requiere una extenuante gestión de sí mismo, que incluye tanto el indispensable autocontrol como la cotidiana adhesión a los estilos de vida considerados correctos. Hay que estar siempre alerta, al tanto de los riesgos que se corren, bien informados sobre las diversas formas de prevenirlos o administrarlos, con el fin de tomar las decisiones adecuadas y actuar siempre lo más correctamente posible. Todo eso para mantener bajo control los inevitables desmadres del lastro demasiado carnal que cada uno carga consigo. En sintonía con ciertos principios básicos del ideario neoliberal, la responsabilidad individual constituye la base de esta nueva serie de sujeciones y condenas morales, que han hecho del cuerpo humano su principal campo de batalla.

De los abismos interiores al yo espectacular

Cabría indagar cuáles son las fuerzas que configuran este cuadro. ¿Qué lleva a una legión de sujetos contemporáneos a rendir esta curiosa forma de culto al cuerpo que, al mismo tiempo en que lo exalta, también lo desprecia tan violentamente? Parafraseando a Gilles Deleuze, la incógnita sería: ¿para qué se los usa? O, más precisamente, cuál es el impulso que moviliza a quienes buscan cincelar en la propia carne los relieves del “cuerpo perfecto”. Sorprende que sea, justamente, la textura carnal y material del cuerpo humano, su consistencia biológica y su viscosidad orgánica, lo que se transformó en el blanco de un rechazo activo en las sociedades occidentales de principios del siglo XXI. ¿Cómo explicar semejante incomodidad con respecto a la materialidad del organismo humano? No es fácil justificar semejante pirueta moral, en una época que supuestamente enaltece la condición corpórea de la subjetividad, y que optó por sumergirse sin culpas en toda la gracia del mundano bienestar.

Quizás uno de los vectores que llevan a embarcar en esa lucha emane de una creencia ya bastante arraigada entre nosotros: la apuesta en el valor de la imagen que cada uno es capaz de proyectar, tanto en los espejos como en las miradas ajenas. Una imagen que, al compás de las transformaciones históricas que vienen afectando a la subjetividad moderna, se considera capaz de revelar quién se es. Porque esos cambios que afectaron a los cuerpos acompañan, con idéntica intensidad, transformaciones comparables en la constitución de los “modos de ser”. En las últimas décadas se ha detectado, por ejemplo, un gradual desvanecimiento de aquello que se conocía como “vida interior”. Una compleja serie de factores confluyó para disminuir el peso y el valor que esa instancia solía detentar a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX. En contrapartida, el aspecto físico se prioriza, cada vez más, como la sede de todo aquello que hasta hace poco tiempo se creía hospedado en las enigmáticas esencias interiores. Según rezan los credos más actuales, si los contornos de esa imagen corporal logran obedecer a las duras reglas morales de la buena forma, entonces el privilegio de ostentarla será sinónimo de éxito en los diversos ámbitos de la vida: realización profesional, placer sexual, equilibrio emocional, autoestima, belleza, bienestar. En suma, la mismísima definición de la felicidad en los albores del siglo XXI: una alta “calidad de vida”.

Sin embargo, esa búsqueda tan contemporánea por la plenitud se ve espoleada por una maquinaria muy poderosa: la industria de la insatisfacción. Algo que se apoya en una intrincada red de valores y creencias, según la cual el hecho de ser viejo, feo o gordo —en suma, acarrear una anatomía imperfecta, en cualquiera de sus acepciones actuales— constituye una falla de carácter individual. Un error en la propia programación corporal, que se debería evitar a cualquier costo o, por lo menos, habría que ocultarlo vergonzosamente de la vista ajena. En el reino de la “libre opción” en que vivimos, carecer de fitness implica estar fuera de lugar, y esa inadecuación es imperdonable porque conspira contra el magno ideal de felicidad actualmente en vigor. Un error grave, por tanto, pero que a pesar de todo se podría resolver técnicamente; y, claro está, no se trata de una mera posibilidad entre muchas otras: se considera que debería solucionarse de ese modo.

Para eso, el mercado ofrece un amplio catálogo: toda suerte de artilugios que prometen adecuar el propio cuerpo al modelo ideal exhalado por las imágenes mediáticas. Pero hay una prerrogativa fundamental para que todo ese engranaje funcione: además de brindar la solución, el mercado no cesa de vender también el problema, renovándolo y reforzándolo en cada temporada. Al final, no es tan inverosímil que la estrategia rinda sus frutos. De hecho, bajo la resplandeciente luz de las “maravillas del marketing”, suele comprarse en el mismo paquete tanto el problema como la solución. A veces, inclusive, hasta por él mismo precio. Esa es la reacción que se espera, al menos, de aquella parte de la población global incluida en la definición de “consumidores”. Aunque eso tampoco basta: hay que renovar sin pausa ese acervo, actualizarlo constantemente y mantenerlo siempre al día. Ese es el motivo por el cual se debe prestar atención a cualquier indicio expuesto en la superficie corporal, por imperceptible que parezca, ya que todos los defectos son significativos y deberían borrarse con ahínco.

No es nada fácil, en fin, ser un cuerpo contemporáneo. De allí la insistencia informativa, las convocaciones constantes a la auto-vigilancia y al autocontrol, así como a la ampliación y la correcta capitalización de las capacidades psicofísicas para estar a la altura de los tiempos que corren. Ante la menor sospecha de falencia en semejante desafío, habrá que operar las actualizaciones necesarias en los propios organismos, con el fin de evitar el riesgo siempre presente de la obsolescencia. Y con el propósito de mantener, también, una alta performance en estado de visibilidad permanente. Ese detalle es central: de nada sirve preservar químicamente la felicidad si esa sensación no se expone espectacularmente, si no está a la vista para ser admirada por cualquier platea. Se trata de un componente primordial de las ambiguas relaciones entre el culto al cuerpo y la búsqueda de la felicidad en el mundo contemporáneo, porque esa figura estetizada que tanto se cotiza es una silueta que se comercializa y se desea como imagen: un cuerpo fragilizado en su impotente condición estática y bidimensional. Un cuerpo auto-reverenciado, en fin, cuja presencia constante en el primer plano de las preocupaciones puede bloquear la emergencia de otros sueños y realizaciones.

Culto a sí mismo y consumo de cuerpos ajenos

Ese ideal corporal tan contemporáneo —una silueta reducida a su mera apariencia como imagen codificada— parece monopolizar las atenciones en el “cuidado de sí”, y esa concentración limita drásticamente el abanico de las experiencias individuales y colectivas que hoy se vuelven pensables o posibles. Así, en una búsqueda paradójica por la satisfacción personal y la autoestima (descuidando la anticuada alter-estima), esa dinámica tan actual puede dar a luz subjetividades sumamente vulnerables, esclavizadas por la resplandeciente lisura del propio ombligo. Así, aún tras la ardua liberación de las anclas que ataban al yo interiorizado de la era industrial, con todas las tiranías de la “moral burguesa” que amordazaban sus potencias e hinchaban sus minucias hasta la desmesura, tampoco en ese terreno parece realizarse, hoy en día, la tan prometida “emancipación”.

En vez de aprovechar esa valiosa oportunidad para enriquecer el campo del posible inventando nuevos modos de ser y estar en el mundo, los movedizos cuerpos contemporáneos tienden a caer en trampas inéditas. Tal vez porque los vacíos dejados por todas esas pesadas referencias suelen buscar satisfacción recurriendo a una infinidad de mercaderías descartables. O, quizás, porque tanto revuelo y cierta frustración terminaron anestesiando algo que hoy brilla por su ausencia: el entusiasmo.

Sólo restaría, entonces, apropiarse de los objetos para rellenar esos sentidos que escasean. Una profusión de mercaderías permiten compensar esas carencias, en un mundo desencantado por haber perdido la conexión simbólica y sagrada con el cosmos —y, podríamos agregar, también con las profundidades de los abismos interiores que solían insuflar cada esencia individual—, aunque constantemente re-encantado gracias a los espejismos irradiados por el triple matrimonio entre la tecnociencia, los medios y el mercado. Esa premisa, que sustenta los pilares del consumismo, es la misma que atiza la apropiación imaginaria de los cuerpos ejemplares expuestos en las vitrinas mediáticas: al fin y al cabo, en esos actos de “consumo”, lo que se busca es ser alguien. Y acariciar la felicidad, según su definición más renovada que revela, sin embargo, sus nudosas raíces históricas.

Así es como los medios de comunicación realizan, incansablemente, su civilizada alianza tácita con la tecnociencia y el mercado, cuyo fin consiste en ofrecer soluciones para que los consumidores puedan sobrellevar sus dramas de época. Las diversas bagatelas que relumbran en las vidrieras prometen subsanar las fallas inherentes a nuestra indigna condición carnal; de forma siempre momentánea, claro, pero más o menos eficaz. Como se sabe, tal es el objetivo de la técnica: producir efectos; ser, por tanto, eficaz. Sus herramientas no buscan elucidar una verdad subyacente a los fenómenos ni tampoco enunciar grandes preguntas, sino tan sólo ofrecer intervenciones correctivas para problemas técnicamente definidos. O sea, aquellos en cuya formulación están ausentes todos los otros aspectos que podrían participar de su enunciación; ya sean problemas de tipo político, social, cultural, moral o ético. En un mundo que respeta exclusivamente ese tipo de saber, despreciando todas las demás fuentes de sentido, lo único que importa es que los dispositivos inventados (y vendidos y comprados) sean capaces de producir los efectos deseados.

Por eso es tan obstinada la intimación al “reciclaje” y a la actualización constante, que se da tanto en nombre de la eficacia —la creciente exigencia de desempeño, performance y competitividad— como de otros valores igualmente prioritarios en el contexto contemporáneo: la singularidad individual, la creatividad, la autoestima, la salud y el fitness, la calidad de vida y la felicidad. Con su perfil risueño y su credo tan compartido como indiscutible, esta última asume el rostro de otra “tiranía” sumamente poderosa. Lo que importa, en síntesis, es que tanto el problema como la solución sean constantemente reinventados, comprados y vendidos, mientras la insatisfacción sigue productivamente garantizada. Así se anestesia la posibilidad de desdoblar todos esos impulsos en acciones realmente creativas, algo que permanece eclipsado por los fulgores que destila ese curioso ideal contemporáneo, en apariencia nimio y hasta tontamente inofensivo: la imagen del cuerpo perfecto.

Paula Sibilia

Paula Sibilia publicó, entre otros, El hombre postorgánico (FCE, Buenos Aires, 2005), y La intimidad como espectáculo (FCE, Buenos Aires, 2008).