Diversidad no es desigualdad

-La igualdad es una categoría que viene de la modernidad. Después de su largo derrotero, ¿tiene todavía sentido pensar en esos términos? ¿Cuáles son los problemas intelectuales y políticos que surgen de ese pensamiento?

-Mi primera respuesta es que es un valor absolutamente vigente. Vigente, no como un objetivo a alcanzar, en el sentido de que, después de largas luchas, se llegaría a un cierto punto en el que todos seríamos “iguales”, pero sí como una perspectiva en la que hay que intentar avanzar y en la que es posible obtener logros importantes. Pero quisiera hacer previamente una aclaración.

Lo que entiendo por “igualdad” se encuadra en un marco más amplio al que llamaré, sin ninguna pretensión de originalidad, una política de izquierda. Pero ocurre que la izquierda ya no es susceptible de ser definida remitiéndose a una historia que sería la suya. O, mejor dicho: en realidad si bien es posible hacer la historia de la izquierda, sería una historia muy compleja y conflictiva -esa historia participaría ella misma de la historia de la izquierda- sería discutida, porque hay muchas tradiciones de izquierda, divergentes e incluso contrapuestas. Hoy en día se suele llamar “de izquierda” -o derecha- a partidos o líneas políticas que no lo son: cuando se usan como categorías históricas es muy difícil salir de una suerte de impasse, que se basa en el hecho de que la misma palabra designa cosas muy diferentes según sea el lugar de enunciación de quien la formule. Por lo tanto, si yo tuviera que definir lo que es la izquierda tendría que partir de valores, de afirmar ciertos valores. Por cierto, estos valores también se han producido históricamente, pero su perdurabilidad muestra que ellos trascienden la historia que los produjo. Sobre esa base, diría que se es de izquierda cuando el objetivo que persigue un grupo o formación política, o inclusive un individuo, es el de llevar adelante una política específica en la que se apunte a lograr a la vez el máximo de libertad y el máximo de igualdad.

Esta simple afirmación pierde su aparente banalidad si la complementamos con un conjunto de tesis que la historia –que retorna aquí con todo derecho-, la experiencia y la simple lógica nos han impuesto, a menudo rompiendo nuestros prejuicios y creencias previas.

Primero, no hay un punto de llegada. Es decir, que el final del camino no existe. No hay ningún paraíso que alcanzar. No hay ninguna sociedad “socialista” u otra, a la que se tendría que llegar al final del camino, sino que debemos hacernos cargo de que el camino es interminable, como también lo son las tareas y luchas que hemos de afrontar, Y quizás a veces en ese recorrido nos tocará hacer concesiones, aceptando provisionalmente un mínimo de desigualdad para mejorar la situación de los desfavorecidos –en el sentido de Rawls, por dar un ejemplo- pero siempre intentando conciliar los dos factores.

Segundo, estos valores –libertad e igualdad- deben ser considerados como indisociables. Allí donde se busca la igualdad, pero se pierde de vista la libertad, se crean las condiciones necesarias para un rotundo fracaso. (como sucedió con muchas revoluciones “socialistas”). En el otro extremo, si bien la socialdemocracia respetó las libertades, en la búsqueda de la igualdad fue mucho menos consecuente. En consecuencia, cuando algunos de estos dos valores -igualdad y libertad- queda relegado, se desnaturaliza lo que he llamado una política de izquierda.

Aquí, naturalmente, surge una objeción: “¿Y esa política quién la defiende?” Me atrevería a contestar, con algo de idealismo, que la defiende cualquiera que la hace. No tiene un nombre. Puede manifestarse como un conjunto de luchas dispersas. Pero esa respuesta, muchas veces formulada, es por completo insuficiente, e incluso puede servir para acallar nuestra mala conciencia. La mera dispersión no es apta para fundar una política en sentido fuerte (aunque pueda contribuir a construirla). Pondría como ejemplo de una política de izquierda –con todos los “peros” que queramos- a la llevada a cabo por dirigentes como Lula Da Silva. Lula emprendió y dirigió una lucha laboriosa, desde abajo, aunque no dispersa, con una impronta que muchos consideraron erróneamene corporatista (porque el PT fue al comienzo un partido obrero) y fue ampliando sus bases; perdió elecciones, pero ganó otras, municipales, estaduales, y fue creciendo hasta llegar adonde llegó. Le llevó veinte años realizar su proyecto –al que nunca consideró como el punto de llegada (sobre esto me gustaría volver más adelante).

Tercero, la igualdad no significa identidad, en el sentido banal de la palabra; no significa que todos los hombres deban ser idénticos. Significa que tienen todos las mismas posibilidades, el mismo derecho a acceder a los recursos que existen, y por supuesto, la misma libertad de opinión y acción. Eso concilia la idea de diversidad e igualdad.

-En términos teóricos, ¿cómo se formularía este pensamiento de la igualdad? Desde los años 60 y 70, y con mucha más fuerza los 80, por citar un momento, aparecen los temas de la diferencia, la diversidad, la singularidad, etc. El pensamiento de la igualad entra quizás en crisis. ¿Desde dónde pensar la igualdad hoy?

-Evidentemente los valores que, creo, definen una posición de izquierda provienen de una historia muy dura, muy arraigada, que en un lapso relativamente corto obligó a echar mucho lastre y a desembarazarse de las presuntas verdades de la izquierda clásica y a tirar por la borda gran parte de la tradición de la Segunda y Tercera Internacionales.

Insisto en que es central conciliar igualdad con libertad. En los últimos tiempos se ha incrementado exponencialmente la diversidad en casi todos los planos de la existencia humana (cultura, género, estéticas, valores religiosos, etc.) pero diversidad no significa desigualdad. Por supuesto, la legitimidad de lo diverso, de lo distinto, ha estado limitada, generalmente por malas razones, en la historia. Ya no se puede situar la identidad en el metier, en el oficio, en el trabajo, como lo pensaba la izquierda clásica. Se ha ampliado el abanico de la diversidad. Pero, para dar un ejemplo por el absurdo, si hay un grupo que se dedica a matar niños, por más permisiva que sea hoy la sociedad, no puede ni debe tolerarlo La sociedad pone siempre límites a la diversidad: a veces, como en ese caso extremo, con razón, pero a menudo sin ella. La defensa de la diversidad es una tarea que la izquierda debe asumir. Puede se considerada como una de las manifestaciones más ejemplares de la lucha por la igualdad y la libertad. Conjuga a ambas.

-Esto que venís argumentando, me recuerda el debate explicito en torno a estas cuestiones, entre el modelo norteamericano –centrado una idea multicultural, en la diferencia, pero cuyo lazo social es el Homo Economus- y el modelo europeo, quizás en crisis, anclado en la idea de República, en la igualdad de los ciudadanos, pero con gran problema para procesar la diferencia con las minorías.

-Sí, es cierto. Ahora, aquello que entiendo por igualdad no es algo que pueda darse nunca por conquistado. Observando la historia argentina, y en particular las preocupaciones que tuvieron los fundadores de la República y los artífices de nuestra Constitución, advierto que el único, entre ellos, que se interesó por la sociedad norteamericana, fue Sarmiento (fue, como se ha dicho a menudo, nuestro Tocqueville). Sarmiento veía en la sociedad civil estadounidense una suerte de vocación participativa, “progresista” diríamos ahora, un interés en la cosa pública, que estaba ausente en otras sociedades. Ese rasgo perduró mucho tiempo y tuvo efectos muy interesantes y positivos: la guerra de Vietnam no la perdió EEUU solo por razones militares, sino porque gran parte de la sociedad se movilizó en contra. Fue una suerte de triunfo de l sociedad sobre el Estado. Hoy en día, las cosas cambiaron: después de la tragedia de las Torres, las virtudes democráticas se acallaron y dieron paso al hegemonismo prepotente de los Bush.

Son procesos que han discurrido de un modo muy diferente al de Europa donde el Estado siempre estuvo, para bien o para mal, muy presente, sobre todo en aquellos países como Inglaterra o Francia, que llevaron adelante una revolución industrial burguesa, con éxito (por eso es que en el siglo XIX casi no había marxistas ni en Inglaterra ni en Francia: porque ellos supieron incorporar a los intelectuales a su proyecto nacional, en el que el estado tenía -y tiene- un papel muy importante). Entonces cuando aparecen zonas de diversidad, surge la más exacerbada xenofobia.

-Pasando de Europa a América Latina, mencionaste antes que quisieras volver sobre Lula. ¿Qué te interesa de esa experiencia?

-En la izquierda clásica hubo obviamente defectos. El primero y más importante es la prisa. En la Argentina, esto se vio muy claramente con la lamentable experiencia del Frepaso –si suponemos que el Frepaso era una fuerza progresista- que encontró un atajo haciendo la Alianza. Eso evidentemente destruyó toda forma de posibilidad de crecimiento y terminó en el fracaso estrepitoso que todos conocemos. Pero esto ya venía de antes. Tomamos la lucha armada, en los 60 y 70, también era una forma de prisa, de llegar rápido. La prisa, entre otras cosas, ha hecho fracasar la mayoría de esos intentos.

El contraejemplo precisamente es Lula. Perdió tres elecciones (una con Collor de Mello, y dos con Fernando Henrique Cardoso) antes de ganarle a José Serra y llegar a ser presidente. Fueron alrededor de 15 años, con mucha tarea a nivel municipal. Eso le permitió ir ganando posiciones e ir armando su propia política, su propia agenda.

-Siguiendo con el tema de la prisa, y retomando algo que dijiste antes, en el sentido de que la igualdad está íntimamente ligada a los valores de la izquierda, ¿cómo pensar ese tema en la Argentina, donde no hay –estrictamente- una gran tradición de izquierda, sino más bien, por un lado el peronismo, y por el otro, momentos puntuales y muy acotados de presencia de una izquierda con posibilidad de tener poder?

-Lo que ocurrió –y esto es muy largo y complejo de explicar, así que resumo- fue la aparición de los dos grandes partidos nacionales y populares. Uno, la UCR; de quien, de alguna manera, el otro partido, el peronismo, hereda muchas cosas (entre ellas, el vice-presidente de Perón, J. Hortensio Quijano). Entonces en ese tipo de partidos –los partidos “nacionales”- que abarcan todo, suele surgir un sector más de izquierda y otro más de derecha. Pero siempre la influencia de la izquierda de esos partidos es limitada, porque, llegado un punto, el partido le impone limitaciones. De todos modos, creo que, aunque las condiciones sean difíciles, hay que continuar a preservar un pensamiento y una acción que concilien libertad con igualdad.

Emilio de Ípola

Emilio de ípola publicó, entre otros, La bemba. Acerca del rumor carcelario, e Ideología y discurso populista.