La pesadilla de lo igual

El sueño político de la igualdad puede no seguir siendo un sueño al traspasar a la literatura. Es sueño en la irradiación de la triple utopía de la Revolución Francesa, enhebrada para siempre con la Libertad y con la Fraternidad; y no deja de serlo en los vibrantes versos con que comienza el Himno Nacional Argentino, trabándose en lucha metafórica con las palabras que de por sí la contradicen: el adjetivo “noble” y el sustantivo “trono”, que le permiten ocupar el lugar de las aristocracias y de las monarquías. En esos mundos es siempre un sueño: la Igualdad es un anhelo primordial de toda emancipación política, y al mismo tiempo un instrumento para alcanzar esa emancipación. Pero ya en la literatura ese sueño no es necesariamente un sueño, y hasta puede ser una pesadilla. Según cómo se la entienda, la literatura puede pensarse como una duplicación fiel de la realidad política y de su régimen de sentido, y hasta podría decirse de ella, como tan conocidamente dijo Von Clausewitz de la guerra, que es la continuación de la política por otros medios. Pero también es posible pensar que la literatura no tiene por qué plegarse a los términos de la política, sin que eso implique renunciar a ella ni mucho menos desentenderse; que puede propiciar una relación con la política sin por eso acatar su realidad, es decir sin ser por eso realista ni testimonial ni documental; que puede hacerlo sin por eso supeditarse a la lógica de sentido que la política define, sino, al contrario, más bien para someterla a una lógica de sentido diferente. Entonces la igualdad va a prolongarse como ambición ideal en la literatura socialmente más sensible: la que denuncia injusticias y promueve reparaciones. O bien, de manera más interesante, puede brillar por su ausencia (es decir, tensarse en la violencia de su falta) en relatos de desigualdad crispada, como por caso El juguete rabioso de Roberto Arlt.

Ahora bien, ¿qué otra cosa puede hacer la literatura para narrar de otra manera, para narrar a su manera, el principio general de la igualdad? Discutiendo con prevención este concepto, alguna vez Theodor Adorno ofreció un reparo considerable. A su juicio, el peligro que se incuba en el ideal de la igualdad, cayendo en una igualdad abstracta, es que choca con la evidencia empírica de que no somos para nada iguales, que bajo toda evidencia no lo somos, y que de eso podría llegar a derivarse cierta clase de intolerancia ante la diferencia manifiesta. Allí donde el ideal de la igualdad se desliza hacia un fervor por lo homogéneo, surge de pronto ese riesgo del todo imprevisto: que se procure, en nombre de la igualdad, suprimir lo que es distinto: “El usual argumento de la tolerancia, de que todos los hombres y todas las razas son iguales, es un boomerang. Se expone a una fácil refutación de los sentidos”. Si cuestiona tal utopía abstracta, es porque “que todos los hombres sean iguales es precisamente lo que menos se ajusta a ella. Considera las diferencias reales e imaginarias como estigmas (…). La diferencia racial se lleva a lo absoluto a fin de poder eliminarla absolutamente, lo que sucedería cuando ya no quede nada diferente”. Y concluye: “La política, que ha de tomarse esto bien en serio, no debería por eso propagar la igualdad abstracta de los hombres ni siquiera como idea”1.

Adorno apunta, y con razón, al plano de lo empírico, ese plano de lo que los sentidos podrían llegar a refutar; a la igualdad de hecho en el orden de los hechos; esa igualdad fáctica, material, concreta, constatable, contra la que chocará la igualdad abstracta. Esa igualdad figurada de la utopía política puede trastocarse en una versión de la igualdad como tal, la igualdad propiamente dicha. Y este ajuste (o desajuste), porque es retórico, y si es político y es ideológico lo es por ser primero retórico, permite pensar en la literatura, que es la esfera de la determinación verbal. La literatura procede, por lo común, respecto de lo político, por medio de representaciones fieles (las del realismo) o por medio de sentidos figurados (el castillo de Kafka, la granja de Orwell, el mundo feliz de Huxley); pero allí donde el discurso político procede por medio de figuras, a la literatura se le abre otra opción: la opción de la literalidad. En vez de trasladar el sentido propio al sentido figurado (y componer de ahí en más metáforas sociales o políticas, alegorías sociales o políticas, etc.), la literatura desvía el sentido pero por un mecanismo de ajuste, por concentración en lo literal, en busca de un sentido primero y propio.

¿En qué puede llegar a convertirse, siguiendo este procedimiento, el sueño político de la igualdad, si lo cuenta la literatura? Acaso en una pesadilla. Porque la literatura puede tramar un relato en el que el otro es concretamente igual a mí, literalmente igual a mí, de veras igual a mí. ¿Qué otra cosa, sino eso, son los clásicos relatos de dobles? El doble es la materialización verificable del principio de igualdad, su ejecución por así decir más concreta. Pero el efecto no es precisamente reparador, ni confortable, ni da sosiego. Muy por el contrario, el “tema del doble” (aunque el doble, más que un tema, es una forma) resulta un principio elemental de inquietud y de perturbación. No por nada Sigmund Freud lo trae a colación como ejemplo primordial a la hora de exponer su difundida noción de “unheimlich”: “con la aparición de personas que a causa de su figura igual deben ser consideradas idénticas; con el acrecentamiento de esta relación mediante la transmisión de los procesos anímicos de una persona a su “doble” (…) pierde el dominio sobre su propio yo y coloca el yo ajeno en lugar del propio”2. Unheimlich es lo no familiar, es lo extraño o extrañificado, es lo raro o enrarecido; pero también, según una traducción muy difundida, es lo siniestro. Dar de pronto con otro que es mi doble, dar de pronto con otro que es mi igual, produce un efecto siniestro: inquieta, intimida, perturba, hasta agobia.

Dos de los clásicos de la literatura argentina del siglo XX (y tal vez más: los dos clásicos por antonomasia de la literatura argentina del siglo XX), que han sido por cierto tanto uno como otro traductores de Edgar Allan Poe, escribieron sobre dobles. Lo ha hecho Borges y lo ha hecho Cortázar. Cada cual a su modo, es decir con su poética. En Borges el doble aparece como variante de la matriz sustancial del duelo, siendo el duelo la escena reveladora y definitiva en la que un hombre se enfrenta con otro para descubrir que en ese enfrentamiento se cifra su destino; el suyo, pero también el del oponente, que así resulta ser intercambiable con él, igual que él, los dos ninguno o los dos el mismo. Así el doble: ese otro, el otro de mí que es igual a mí, termina fusionado con el yo, termina subsumido en el yo: “No sé cuál de los dos escribe estas páginas”3. De modo que el principio prevaleciente de la identidad acaba por desactivar lo que hay de siniestro en el doble, la amenaza de la duplicación, pesadilla posible que descarga la igualdad.

En Cortázar la resolución es distinta, porque lo que en sus textos por lo común gravita es la posibilidad, casi siempre irreal, de pasar de un lado al otro. Un tablón, el vidrio de una ventana, el vidrio de una pecera, unas puertas, una galería comercial, un puente, sirven de conducto para intentar ese cometido según se trate de Rayuela, “Axolotl”, “Las puertas del cielo”, “El otro cielo”, “Lejana”, etc. Del otro lado está el otro, que al mismo tiempo es un doble, es decir el otro que es yo o que más bien podría llegar a ser yo (son dos grados sucesivos de igualdad). La conversión no siempre se logra, o se logra pero no se sostiene; en cualquier caso, plantea problemas, no siempre se estabiliza como igualdad ya obtenida. El puente de “Lejana” lo deja ver muy bien: el otro es yo, somos iguales, pero iguales como mitades iguales de una totalidad disociada; la fusión, la unificación de lo igual, parece en principio fácil (tan fácil como avanzar uno hacia el otro sobre un mismo puente) pero es en definitiva imposible (tan imposible como cruzarse uno con otro, uno en otro, y seguir cada cual hacia su lado opuesto, siendo el otro sin el yo: “Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria (…). Al abrir los ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado”4.

No obstante, incluso bajo esta forma la expresión de lo igual en su literalidad permanece todavía en la esfera garantida de una identidad posible; el doble no deja de responder pese a todo a un principio de binariedad que puede recapturarse en lo unido o en lo unible y por lo tanto en una versión controlada de la igualdad. ¿Qué pasa, en cambio, con una multiplicación innumerable de lo igual, con una proliferación incontrolada de lo igual, qué pasa con su profusión en líneas de fuga que desborda dualidades? No ya la sensata República de Iguales que razonó la política, sino una especie de Anarquía de Iguales que delira la literatura. El congreso de literatura de César Aira sería una novela que pone a funcionar ese principio de igualdad, potenciado por lo literal y a la vez por la desmesura. Su asunto es muy concreto: un plan para clonar a Carlos Fuentes. ¿Es sueño o es pesadilla? Es el colmo de la igualdad, o la igualdad llevada al límite. Clonar a Carlos Fuentes, reproducirlo tal cual, pero ya no en la dimensión finalmente apacible del doble, sino en la pluralidad incontenible de lo que es igual pero infinito. Con un doble el yo se concilia, o en el peor de los casos se cruza; pero con miles y miles de Fuentes, todos iguales, ¿qué es lo que va a pasar en el mundo?

El proyecto en la novela de César Aira se ejecuta, pero con una sensible falla. Por empezar, una paradoja: cuando se trata de humanos, los clones “eran clones no parecidos”5. Y luego, en vez de tomar una muestra celular del propio Fuentes, la toman por error de su corbata de seda. Y en consecuencia, la producción científica de lo igual (científica y loca, como en Las curas milagrosas del doctor Aira) se resuelve en una dirección inesperada: miles y miles de gusanos de seda, eso sí: todos iguales. Porque solamente la literatura puede realizar la utopía perfecta del mundo de los iguales, pero al contarla cuenta también su punto ciego: el error, la falla, el desvío, la fatal equivocación; todo lo que hace que no exista mejor igualdad que la igualdad de lo distinto.

1 Theodor Adorno, Minima Moralia, Taurus, Madrid, 1987; páginas 101-2.

2 Sigmund Freud, Lo siniestro, Homo Sapiens, Buenos Aires, 1987; página 34.

3 Jorge Luis Borges, El hacedor, “Borges y yo”, Emecé, Buenos Aires, 1982; página 51.

4 Julio Cortázar, Bestiario, “Lejana”, Sudamericana, Buenos Aires, 1986; páginas 48-49.

5 César Aira, El congreso de literatura, Tusquets, Buenos Aires, 1999; pág.28.

Martín Kohan

Martín Kohan publicó, entre varios otros libros de ficción, Cuentas Pendientes y Ciencias Morales. Publicó también libros de ensayos, entre ellos, Narrar a San Martín.