A propósito de la Guerra del Paraguay

Apuntes sobre historia y política

Después de 37 años se puso en pleno funcionamiento la represa de Yacyretá. Acto, overoles y sillas. No es la primera vez que la presidenta se refiere a la guerra del Paraguay, perdón, de la Triple Alianza. De la Triple Traición la había llamado en el 2007, a poco de asumir, y una unidad del ejército argentino pasó a llevar el nombre Mariscal Francisco Solano López, poniendo los pelos de punta a La Nación “Es tan absurda esa denominación como inadmisible sería que Francia o Polonia llamasen Adolf Hitler a uno de sus regimientos”. Pero ahora sus palabras no levantaron críticas, pasaron más bien desapercibidas. ¿Será una muestra más de la hegemonía cultural kirchnerista sobre la que escribió Sarlo hace unas semanas? El nuevo aire que respiramos. La palabra justa para señalar el problema.

”Grosa la presidenta –decía el sms- comparó al Mariscal con Perón.” Sí, y habló de los primeros hornos de fundición de América del Sur y de los primeros trenes. Todo arrasado vergonzosamente por la guerra. Como la Argentina industrial e inclusiva que nació con Perón y que, poco después de su muerte, corrió una suerte similar. Pero los trofeos de guerra Perón no los devuelve en el ´74, al dar por iniciada la obra, sino en el ´54, por lo que se ve en youtube la presidenta se equivocó. Son tantos los que sacan número para saltarle al cuello que suena extraño que se les haya pasado. Aunque quizás me equivoco yo. ¿O será la hegemonía cultural?

Sergio Ramírez, ya mucho más literato que político, en la nueva edición de Hijo de Hombre también se refiere a las primeras fundiciones del continente. Y al millón de habitantes que tenía Paraguay, de los que apenas quedaron mujeres, niños, ancianos y un puñado de hombres. Aunque nicaragüense, es posible que la experiencia de los setenta, tan importante para unos y otros, equipare estos enunciados, no salen entonces de ese marco. José Luis García, que no es un militante de los setenta y que sabe más de Cándido López que del Mariscal, cuando en su documental finalmente afirma algo sobre la guerra lo hace por este mismo lado. El gran Paraguay y los ingleses tras las bambalinas de la Triple Alianza. Y el público, me incluyo, celebra.

El revisionismo, como Yacyretá, volvió. Se suponía desmantelado, incluso se obró en esa dirección, pero no. Lo sucedido el año pasado, mejor, en sus últimos meses, le da su verdadero tono al asunto. Pasó de todo el año pasado con la historia. Pasó mucho en esos meses, precisar: el acto por la Vuelta de Obligado y lo que lo rodeo. No iba de suyo, se hubiera podido evitar, pero muchos se animaron hasta con Rosas, otro de los temas favoritos del revisionismo, el principal, aunque también prenda de discordia. El revisionismo, más que el candombe Nunca menos, como manifestación de la nueva hegemonía cultural.

Pregunta resentida, enemistada con el curso que tomaron las palabras y las cosas durante estos años, que hago mía para avanzar. ¿Acaso no pudo la presidenta esgrimir otros razonamientos para referirse a la guerra del Paraguay? Por empezar, algo más matizado, quizás también menos viejo. Hace un par de meses un compañero me hacía acordar, maldición, que está escrito por mí que la “melodía” del revisionismo era “grotesca y estridente”. ¡Qué papanatas! Pedir disculpas. Por la suficiencia y por usas esas palabras. ¿Me arrepiento? ¿Digo que ya soy otro? ¿Y si no escribo esto?

Durante los años que siguieron de cerca a la dictadura fue muy dificultoso construir nuevas y poderosas imágenes sobre el siglo XIX. Seamos modestos, contentémonos con nuevas. Halperin lo advertía: tomados por el horror reciente, la opinión pública y los grupos intelectuales que la alimentan, imaginaron que todo lo que había precedido semejante descalabro había sido más bien calmo. Estilización que se llevaba muy mal con el siglo XIX, peor si es posible con la Guerra del Paraguay, por lo tanto, a hacer la vista gorda. Pero pensemos en las producciones académicas, porque fueron años de “fin de la historia” y también de una avalancha inédita de investigaciones sobre el pasado. Tampoco. Ver en librería el tomo de la Nueva Historia Argentina que corresponde al período, lo dirige Marta Bonaudo. Legitimidad y control, vida pública, imaginario paisajístico, mundo del trabajo, cultura y editores. Están buenos pero la Guerra del Paraguay es una referencia casi siempre marginal, un dato, lo sucedido.

Se puede argumentar que esta nueva historiografía, en su imbricación con un momento cultural y político de carácter conservador, fue incapaz de pensar la política cuando ésta se desbarranca hacia la guerra. Es decir, incapacidad también para pensarse a ella misma en relación con la política y la guerra. Pero no quiero ir por este lado, me repito, parezco un obsesivo. Además, el historiador de mayor relieve y, al mismo tiempo, de mayor reconocimiento en ese espacio, obvio, Halperin, si bien no le dedicó un libro al tema, tampoco un capítulo, lo hizo presente en algunos de sus textos consagrados, que vienen circulando mucho desde la “primavera democrática”.

Lo último por este lado. Se vuelve aún más flagrante si se repara en que fue la guerra más importante que se libro por estos pagos. El antropólogo francés Luc Capdevilla, metido en otras discusiones y hegemonías, descarta que en Paraguay hacia 1865 hubiera un millón de habitantes, confirma alrededor de 550.000. Resultado: en 5 años murió el 60 por ciento de la población. Tomando estos números, en proporción no hay guerra igual, ni siquiera la segunda guerra mundial para los soviéticos. Lo dice sin enconos, no es uno de los nuestros, no se le hincha la vena cuando piensa en Mitre o en el Mariscal.

Me cruzo con una exalumna que está estudiando en San Andrés. Contenta me cuenta que está leyendo el libro de Martín Kohan sobre San Martín. La hipótesis, más o menos así me dijo, plantea que San Martín fue un héroe porque otros héroes escribieron sobre él. Puede ser pero, si es así, ¿qué queda para la guerra del Paraguay? ¿Sin grandes escribas dejará de ser lo que fue? ¿Fue? Sacarle el tono patético. Conseguir el libro de Martín. Siguiendo la comparación de La Nación: como si en Francia o en Polonia no se escribieran más libros sobre la segunda guerra mundial. ¿Se escriben?

Tulio Halperin Donghi: no escatimemos. Difícilmente haya, de los sesenta a esta parte, una obra más elaborada y destacada que la suya. También fundamental por todo lo que hizo funcionar. Con Favio, Viñas, Saer. Si señalo esto, lo voy a hacer, conviene aclarar que muchas quedaron truncas por el terrorismo de Estado. Después de todo, este es un país en el que lo histórico es una materia clave, ineludible, incluso cuando se haya pretendido enfriar el partido hasta que sólo le resulte entretenido al gremio. Lo de Halperin es consecuencia de una y otra cosa. Es lo que se volvió a activar desde finales de los noventa y más aún después de 2001. Gran falla de la hegemonía primaveral democrática, si existió, su enorme dificultad para producir narración histórica.

En una entrevista en La Nación, el historiador brasilero Francisco Doratioto, autor de Maldita Guerra, el último libro importante sobre el tema, afirma: “En Brasil la historia es historia, no como en la cuenca del Plata donde todavía se utiliza la historia para el combate político presente.” Querían que discutiera con la presidenta y lo lograron. Antes de la 125. Puede ser que en Brasil sea así, no me meto, pero es corto pensar que lo que sucede acá es una mera utilización. ¿Y si contraataco? A los brasileros imperiales sí que les importaba la historia, por eso esperaron hasta el 20 de febrero para entrar victoriosos a Buenos Aires en 1852; por eso a Montevideo también lo hicieron en esa fecha, en 1865, cuando la guerra comenzaba. Para enterrar el recuerdo de Ituzaingó. ¿No será una exageración revisionista? Hegemónicas, ¿sus palabras se han vuelto las mías?

La machacona afirmación, en Maldita Guerra, de que todo comenzó por el ataque del Mariscal –olvidándose de Paysandú y de la Banda Oriental- tampoco parece inocente. La comparación que Doratioto prefiere proponerle a Solano López no es con Perón, claro, sino con Stalin y Hitler. Anacronismo que, no entiendo por qué, a Halperin no le molestó. A pie juntillas le cree a cualquier cosa que haya salido de la boca de los altos funcionarios del Imperio, por eso sostiene que la guerra es parte de un proceso inevitable y de la lucha de la civilización contra la barbarie. Fascinado con la democracia coronada, como la llamaba Mitre. ¿Esclavos? Según Doratioto había en proporción parecida en todos los ejércitos.

Una nación para el desierto argentino es de 1980. Me vengo equivocando, pensaba que era del `82. Y es fundante de la nueva historiografía académica, cosa que vio muy bien Ignacio Lewcowicz y Oxímoron, el colectivo que publicó La historia desquiciada Como todo lo que produce Halperin, Una nación… está por encima de la media que acepta su reinado sin chistar, razonablemente, y hace de sus célebres oraciones subordinadas temas de tesis. En este libro hay algunas páginas sobre la Guerra del Paraguay, pero las subordinadas no incitaron a nada.

“El partido de la Libertad a la conquista del país”. Un enfrentamiento de facciones, que entremezcla a las argentinas y a las orientales, se internacionaliza y se vuelve conflicto externo. La Argentina, que había entrado siendo una, sale otra, muy distinta. Por el ejército nacional que da un paso crucial en su conformación y es el promotor de la candidatura presidencial victoriosa en 1868, la de Sarmiento. También porque el inesperado apoyo que le da Urquiza a Mitre, luego de la ocupación paraguaya de Corrientes, desdibuja de manera insoslayable el antiguo nombre que se le había dado a las facciones en disputa que ya muy poco quieren decir.

En Una Nación…, donde las facciones lo son todo, por encima de las clases, de las naciones, de los proyectos, de sus mismos nombres, esta lógica sólo se suaviza cuando despunta la guerra que, según propone Halperin, es nacional. Menciona, como decía, el entrelazamiento de los bandos de un lado y del otro del Río de la Plata, también las rebeliones de magnitud que estallan en Cuyo y en el Norte, gauchos que no quieren ir a pelear contra Paraguay y por Buenos Aires, perdón, por el Partido de la Libertad. Pero no pone en cuestión la solidez del vínculo nacional. De aquí que no le interese pensar lo que esa guerra tuvo de civil.

Ni una palabra sobre las fundiciones, los trenes, el millón de paraguayos o los intereses de Inglaterra. De acuerdo, el tema del libro, si se puede simplificar, es la formación del Estado Nacional. Pero no alcanza. Al revisionismo lo despacha en la introducción, después de otorgarle algo de valor a lo suyo, también porque vino a recordar que esa etapa de organización nacional, de padres fundadores de la Argentina moderna, no estuvo exenta de conflictividad. Hubo discordia. Lo despacha cuando deja en claro que no existió en esos años una alternativa puntual al país que proyectaron Sarmiento y Alberdi. La discordia fue de facciones. Parecía tan desvencijado el revisionismo, ya despachado, que no hacía falta discutir sus argumentos.

Historia Contemporánea de América Latina es de final de los sesenta, pero goza de mucha circulación en las aulas universitarias posdictatoriales y en las actuales que aún lo siguen siendo, salvo que lo de la hegemonía lo haya cambiado todo. ¿Se leería en los años que van del Cordobazo al golpe del 76? Por afano perdía con Las venas abiertas…, del `71. En el capítulo “Surgimiento del orden neocolonial” se incluyen unas páginas sobre la guerra del Paraguay. Es mucho lo que se omite y en cierta forma no extraña, dada la búsqueda tan vasta del libro. Podríamos discutir que se jerarquice algunas cuestiones en desmedro de otras, la estilización, pero no quiero ir por acá.

A diferencia de Una Nación…, en el pasaje que le dedica a la guerra subsiste una crítica al revisionismo. Solano López “organiza una fundición de hierro presentada por alguno de sus tardíos admiradores como el Ruhr paraguayo y una de cuyas obras maestras puede aún admirarse: es una artística escalera de hierro en Asunción.” Agrega que se trata de “avances modestos pero reales”, pero la estocada ya está dada, no hay manera de que combinen “Ruhr” con “artística escalera de hierro”. Hay algo de humillante, porque ni siquiera es discusión la que se entabla, pero a fines de los sesenta quien estaba en el margen era Halperin. Lamentablemente ningún discípulo se tomo el trabajo de darle a la humorada la compañía de una investigación firme. ¿Pero cómo investigar lo que no existió? Al menos sobre los avances modestos.

¿Cómo suponer que de un plumazo burlón una narrativa como la del revisionismo podía ser desmontada? Salvo que esa batalla por la hegemonía cultural los tuviera sin cuidado, sobre todo en la posdictadura, cosa que no es así. La humillación, la burla y la irreverencia: también por estos motivos la obra de Halperin es de primer orden. Escribe Sarlo, en una hermosa página en La Nación, que David Viñas “odiaba como si los personajes del pasado continuaran su vida en el presente”. Se podría decir parecido de Halperin pero cambiando el verbo. ¿Desprecio? ¿De dónde proviene la maledicencia? No hay saber sin cuerpo, entonces, sin odio o ganas de reír, algo así escribe Nietzsche en La gaya ciencia Pero suma una tercera pulsión. Ver.

Hipótesis sobre Halperin, aunque no sea el tema de este artículo, en la línea de Lewcowicz. En el prólogo de Historia Contemporánea… refuta a quienes, “por caminos acaso demasiado fáciles (…) niegan que Latinoamérica tenga en rigor historia”. ¿Martínez Estrada? Sucede que se mueve más despacio y es fácil perderse en las anécdotas “coloridas o monótonas”, pero hay historia, es decir, “existen procesos que puede ser interesante rastrear”. A la Guerra del Paraguay hay que enhebrarla en el proceso de “surgimiento del orden neocolonial”, eso es lo que importa y vertebra. ¿Fatalismo? ¿Marxismo vulgar? El lugar de la política queda drásticamente reducido, apenas sobresale de la aceptación del proceso. En Una Nación… deviene en el lamento de Sarmiento que, habiendo creído que la excepcionalidad argentina radicaba en que los hombres de ideas la habían diseñado, termina por comprender que los trenes y las mercancías están llegando con igual eficacia al África. Casi casi al divino botón todo lo que se agitó. O para que se luzcan los historiadores con sus anécdotas. ¿Qué pensará Halperin de la hegemonía cultural kirchnerista?

En el mismo capítulo, en el análisis general: “la plebe rural es la gran derrotada sin haber en rigor ofrecido lucha”. Difícil no imaginar que Halperin se regodeaba, malicioso, al escribir esto. No por los campesinos derrotados, sino por los revisionistas. Maestri, historiador brasilero, argumenta que fue equívoco sostener que Paraguay era un país modernizado, más bien hay que enfocarlo como un país campesino, con un régimen de propiedad que no había arrasado con ellos. Al coraje y la valentía de las tropas paraguayas, que el mismo Halperin subraya, hay que entenderlos como productos de una realidad campesina que se sabe amenazada en sus cimientos. Sin idealismos de ningún tipo y con la mediación de la política, es decir, de Francisco Solano López, siempre distorsionante.

En la web alguien se enoja con Galasso porque pretende discutir con “un sujeto como Halperin Donghi que en su libro solo hace referencia a la gesta haitiana con tres míseros renglones.” Tres renglones a una gesta: otra forma en que se manifiesta esa “distancia mortal” que, advertía Lewcowicz. Puede ser, pero Botana a Alberdi le dedica medio libro –La tradición republicana- y encuentra los floreos ideológicos necesarios para no escribir siquiera “guerra del Paraguay”, incluso cuando dice abordar lo escrito por él en esos años.

“Distancia mortal” ante lo que pretenden protagonizar los hombres, a los tumbos y equívocamente, desventurados. Como José Hernández a quien Halperin lo extravía en la maraña de mil refriegas, y nos advierte que, en Corrientes, con la guerra llegando a su final, llega a celebrarla en el periódico oficial y hasta simpatiza con la candidatura mitrista. Todo por la bonanza económica correntina. Y al poco tiempo, desde Uruguay, teme que La Historia de San Martín que Mitre está escribiendo, anuncie, como la de Belgrano hizo con la de Paraguay, una guerra con Chile. La guerra sólo se entrevé a través de los posicionamientos erráticos de Hernández. ¡Cuánta crueldad! Pero, ¿la crueldad es otra marca de “distancia mortal”? No parece.

Escribe en Una Nación…: “el sangriento desastre de Curupayti” y “la guerra, ese hecho monstruoso y enorme”. Pero el texto está dispuesto para que esto no sea percibido. Impermeabiliza. Ahora bien, en el contraste con “Solano López arde todavía en la memoria” (Las venas abiertas…) o las afirmaciones que hoy abundan acerca de “nuestros compatriotas los pueblos originarios”, estamos en un brete. Decir con cuidado: flaco favor hacen esas identificaciones, aplanan las distancias para postular un sujeto monolítico, finalmente sin pasado y sin presente. Espantan. ¿A quiénes? Pero son necesarias a la hegemonía.

La pregunta inicial: ¿por qué la presidenta no acudió a lecturas más matizadas? Hipótesis extrema de Sarlo, en La Nación, antes de la 125. “La débil formación intelectual”, a los maestros se refiere, “no los habilita del todo para trabajar con la historia producida en las universidades y extraer de ella las narraciones para la enseñanza.” Así las cosas, gloso, están más cerca de creerle a Pigna, y a Pergolini, que de leer un libro de Halperin. Es cierto que los docentes vienen, venimos, baqueteados, pero no es así. Mi argumento quiere discutir con una aseveración como ésta. En lo que hace a la guerra, si nos entregamos a las recomendaciones académicas, no alcanzaríamos a completar una clase. Y la presidenta, en Yacyretá, nada que decir. Revisamos entonces la biblioteca, la web o el puesto de usados y nos encontramos con José María Rosa y con variaciones revisionistas. Mencionar el libro de León Pomer, Cinco años de guerra civil, de 1986 que, aún editado por Amorrortu, fue ignorado. Me gusta esta definición: para la multitud que lo sigue, el caudillo es tan sólo “condición de su sobrevivencia”.

De vuelta el problema. Leo en La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas: “Era un verdadero estado socialista la paternalista República del Paraguay”. No, claro. Pero la verdad ni siquiera asoma en el libro de Doratioto. Mucho más que con el Mariscal –ni que decir con la Nación, la necesidad histórica o la civilización-, una nueva escritura sobre la guerra debería ser justa con los miles de hombres y mujeres que leyeron, el jueves 12 de septiembre de 1867, en el periódico de trinchera Cabichuí, que “mil veces no queremos morir y para vivir tampoco queremos ir a los desiertos”. O con los restos de esa cultura que se adivinan bien en las páginas de Barrett.

A una opinión pública siempre dispuesta a cambiar de credo pare celebrar la unidad social y nacional recuperada, no le regalemos la oportunidad de que dé nuevamente este paso. No le ofrezcamos el texto ni la iconografía. Cuando ya no hay revolución a la vista, ni horizonte socialista, ¿para qué queremos la hegemonía? Es por lo menos de incautos confiar en la hegemonía cultural. Para que no se suponga que soy un picapiedra: todo bien con la hegemonía, pero que nada disimule la enemistad. Así el pasado sigue incomodando. Que no encuentre manera de ocultarse el rostro de quienes acabaron con el Paraguay de Cabichuí, y así de seguido.

Javier Trimboli

Javier Trimboli publicó, entre otros libros, "Mil novecientos cuatro. Por el camino de Bialet Massé".