Libros y racismo

El arte y el placer herético de todos los tiempos han imaginado hondas escenas sacrílegas: el incendio de catedrales, el suplicio de los cuerpos, la quema de libros. No hay acto blasfemo ni atentado a la vida, que no sea a la vez un símbolo tomado por el arte. Las condiciones del infierno, que tanto han desafiado a la literatura o a las artes plásticas, sobre todo cuando la expresan los incrédulos, fundamentan una clase especial de naturalismo. Poner las llamas en acción siempre fue un anudado fortísimo –lo diríamos con la palabra inextricable- entre la naturaleza y el símbolo.

Los libros siempre han tenido un gran prestigio. Su carácter acabado, de multiforme objeto mundano, expresa los modos que adquirió el sentimiento sagrado durante la parte que conocemos de la historia. Que alguien pueda leer lo que otro escribió, se convirtió en la piedra primitiva mas formidable para definir el tiempo, el espacio y la comunidad. De ahí que se escuchen discursos de alabanza del libro, que con esa palabra quieren decir todo lo que corresponde en torno al acto bienhechor, al conocimiento responsable, a la ilustración debida. Pero el libro es la perfecta reproducción de todos los estilos del mundo, desde los más vanos y opresivos, hasta los más inspirados y libertarios.

Son famosas las quemas de libros; piras incendiarias de los grandes hechiceros de la impotencia, que le regalan a los libros chamuscados el enorme gesto de lectura que significa hacerlos arder. Los asemejan a cuerpos vivientes y hacen de la lectura un acontecimiento conmocionante, equiparable al fuego. Pero los que incineraron libros, también han escrito libros. Suele entenderse como último grado de la barbarie cultural el acto de arrojar libro a la hoguera. Forma final de la censura, los maestros inquisitoriales dejaron escapar de su imaginación judicial ese gran tributo que le entregaban al juez de la máxima ordalía, el fuego.

Pero el libro cabalmente entendido, cubre todas las expresiones del espíritu humano. Los racistas de todos los credos –los científicos, los siniestros, los conspirativos, los lúgubres, los purificadores, los demenciales, en fin, todos ellos que quizás sean un único conjunto ensimismado- han escrito muchos libros. Muchos tuvieron gran influencia, como los de Chamberlain, Gobineau y Dumont, y dejaron amplia descendencia en nuestro país. Otros racismos larvados, más sofisticados, encubiertos en doloridos análisis de las trillas de la salvación, como los de León Bloy, forman parte de una gran paradoja de la historia de la lectura. Se trata del racismo de los grandes literatos salvacionistas, que pueden ser admirados por su genio en las cavernas ilustres de la letra y por su habitat en las zonas cavernícolas del pensamiento.

En la literatura argentina, donde todos sabemos decir con propiedad los variados libros que se entregan al racismo de finales del siglo XIX, y los menos inocentes, que aceptan el racismo de mediados del siglo XX –y no es que no haya vinculación entre ambos, son apenas de estilos diferentes- tenemos el caso de Lugones. Su nacionalismo de gran señor, su imaginería heroica, no transitó por el racismo. Por el contrario, allí donde vio su atisbo, lo combatió. Borges es un caso extraordinario. Su relativismo cultural lleva a extremos inauditos la reflexión sobre la cultura, su crueldad y su lástima. Si se repasan todas las ocasiones, que no son pocas, en los que en su obra aparece la cuestión judía –si es que preferimos referirla con una expresión famosa en el marxismo-, se pueden extraer conclusiones despojadas de un trato pacífico con el tema. Hijo lingüístico y un tanto esotérico de Gustav Meyrink y de Fritz Mauthner, Borges observa al judaísmo como la forma de una audaz cuestión, y en toda su obra se hallan las más diversas versiones sobre esa condición, desde las más graciosamente desprejuiciadas, como aquellas que levemente llevan la sombra de una interdicción. Es Borges, pensando, también, en sus antepasados.

El nazismo escribió muchos libros y se basó especialmente en un libro. Repleto de simbologías oscuras, alegorías paganas, mitos de sangre, fórmulas alquímicas, apologías artísticas de la voluntad y de dioses bosquimanos o industrialistas, sus autores “serios”, como Rosenberg en El mito del siglo XX –quizás no mucho más que una pobre caricatura nietzscheana-, suenan como autores íntimamente desbaratados por su insustancioso delirio. Pero son libros. Los libros combaten contra otros libros. Ser libro no es llegar a un estado satisfactorio del existir. Es haber llegado a un problema. Días pasados, bajando de un ómnibus proveniente de Rosario, a las 4 de la mañana en la estación Retiro, un joven que descendía en el lugar anterior al mío en la fila, llevaba un libro en la mano. Era Mi lucha, de Adolf Hitler. No supe que hacer con esta modesta comprobación. Era un libro, pero no cualquier libro. Esa hora de la madrugada acentuaba la perplejidad de la escena, que no es habitual, y que ya había olvidado. Hasta este momento, en que la escribo, como temperado exorcizo destinado al complejo mundo de los libros.

Horacio González

Horacio González publicó Historia de la biblioteca nacional –de la que es su actual Director- entre más de una decena de libros.