Medios y juventud

Los medios no crean la realidad pero mucho menos la reflejan. En todo caso, contribuyen a su existencia, modelando sentidos preexistentes a sus representaciones con mayor o menor influencia. Son actores que junto a otros se disputan la capacidad de legítima de nombrar verdaderamente el mundo. Pero lo hacen desde una posición privilegiada, especialmente en el último siglo.

A través de mecanismos de focalización; deshistorización y rehistorización; de descontextualización o recontextualización, los medios construyen lo que se llama la información sobre la realidad. Clasifican la realidad, de un modo que oprime, menos por lo que no permite decir de ella que por lo que obliga a decir de ella. Sin que necesariamente sea que mientan -aunque muchas, muchas veces lo hacen- la información se presenta con la forma de los intereses que sostienen, siendo funcional a ellos.

¿Y qué dicen de los jóvenes?

He trabajado hace unos años sobre tres modos dominantes de los medios para nombrar a los jóvenes, que son muy actuales y que conviven complementando y reafirmándose mutuamente. Ellos son:

a) Los jóvenes del éxito: ligada a la idea del joven consumidor. Son los jóvenes de la publicidad, de los programas de la tarde, los “casi ángeles”, esos que responden sin lugar a dudas a los modelos hegemónicos de belleza mundializados, cuyos problemas principales son conflictos puramente subjetivizados, sin referencia a los entornos sociales o políticos. El yo puesto en primera persona y a partir de allí las relaciones con sus pares, con sus adultos. Este tipo de joven es un joven visto como exitoso, como aceptable. Es un joven posible e incluso deseable para nuestras sociedades. Este modo de nombrar la condición juvenil constituye claramente aquel que el capital necesita para su reproducción.

b) Los jóvenes desinteresados. Si el anterior modo de nombrar a los jóvenes como exitosos tenía que ver con géneros ficcionales y publicitarios, la idea de los desinteresados aparece en las noticias y en los llamados informes especiales. Particularmente desde la televisión, nos bombardean con informes donde los jóvenes se drogan, se emborrachan, vomitan en las veredas…están sin rumbo, asumiendo que las generaciones anteriores tuvieron objetivos y que a estos les falta. Los jóvenes se presentan como apáticos, individualistas, distanciados de las problemáticas sociales, perdidos en un ocio eterno, y finalmente entonces como propensos y disponibles al descontrol. Es allí donde radica el temor y la necesidad del rescate. Porque la idea de que están perdidos genera malestar, pero a la vez estos jóvenes todavía, se piensa, son posibles de ser rescatados, encaminado, vueltos al rumbo. Y cuando se piensa en esto, se piensa en la necesidad de más padres, de más escuela, e incluso en ocasiones, de más policía. El conjuro ante el desinterés es la propuesta de mayor control sobre ellos.

c) Los jóvenes peligrosos. Finalmente, el joven que aparece con mayor presencia en los medios es el que se construye como el peligroso.

Desde el discurso de la Seguridad ciudadana, que se mantiene a modo de sentido común y en las instituciones policiales, se van construyendo relatos e imágenes en torno a la centralidad de unos jóvenes que, se dice, no tienen nada que perder y por lo tanto son incontrolablemente peligrosos para el resto de la sociedad. Que son capaces de romper una vidriera pero también utilizar esa misma capacidad para robar y matar.

Los medios tienen un particular ensañamiento sobre los jóvenes de sectores populares, fundamentalmente varones. De ellos ni siquiera se hablan como si fueran jóvenes: son menores, son chorros, son delincuentes. No son jóvenes para ellos. Se los ve como lo podrido, lo causante del deterioro de la sociedad. De estos jóvenes nada se espera. Aterrorizan, ya no sólo incomodan y no es posible rescatarlos como a los desinteresados. El conjuro aquí es la extirpación del espacio común.

Los primeros jóvenes eran casi ángeles. Estos son los desangelados. Los proscriptos.

Según el informe “Los jóvenes en los medios, cartografías de las narrativas mediáticas, elaborado por el Observatorio de Juventud y medios de la UNLP ( ) : “Ya sea como víctimas o victimarios, los y las jóvenes aparecen en los medios ligados a casos de violencia. Un claro correlato de esto es que la sección donde mayor cantidad de noticias sobre jóvenes aparecen, en términos generales, es la policial”. En este contexto cabe preguntarse quiénes son las voces que aparecen en las narrativas mediáticas cuando se habla de jóvenes. De manera coherente con el panorama planteado, la abrumadora mayoría de voces proviene del ámbito judicial, ya sean jueces, fiscales, defensores o voceros. Aún más, luego del ámbito judicial las voces más escuchadas por los medios son las policiales”.

Así, estos jóvenes hijos de más de una generación de ciudadanías precarias o inexistentes, se van narrando desde mecanismos de deshistorización y descontextualización: están simplemente allí. Es decir, pareciera que siempre hubo excluidos y siempre los habrá, entonces esa es una condición natural que no es necesario problematizar, en la que quedan como responsables, causantes de los miedos más tremendos de la sociedad. Son los sujetos del pánico moral.
Para eso el trabajo de las imágenes, más que el de las cifras o los argumentos, son absolutamente funcionales. Las imágenes, que apelan a la emoción más que a la razón, conmocionan y son claramente efectivas a la hora de la presentación de una otredad amenazante. En estas se actualizan todos los dispositivos racistas y clasistas para crear estereotipos donde se sedimentan las justificaciones históricas de la segregación, reconociéndolas y desconociéndolas al mismo tiempo. El poder simbólico,, ese poder que radica en la capacidad de hacer cosas con palabras -y con imágenes- de unos sobre otros, se utiliza para nombrar a unos jóvenes como la mierda social sin utilizar la palabra mierda. Lo execrable, el deshecho, lo mugriento, lo oloroso.

Los jóvenes de sectores populares, sus modos de vestirse, de hacer música, de escucharla, los territorios, sus prácticas.. en fin, sus estilos, son puestas en escenarios de violencia, narrados bajo el relato de la violencia. A veces un caso sirve de caso testigo, de muestra para hacer de ello una ley general. A veces ni siquiera hay caso: hay la certeza de una masa sin nombre agazapada y dispuesta a atacar en un mundo que se divide entre ciudadanos víctimas y fieras no ciudadanas, sin derecho a nada. Y todo eso en un orden televisivo que pasa del entretenimiento a la notica , de la noticia al entretenimiento, en un entramado en dónde los límites entre una y otra se van borrando a la manera de un mareo tan sostenido e imperceptible que acomoda hasta la náusea.

Florencia Saintout

Florencia Saintout es Decana de la Facultad de periodismo y comunicación social de la Universidad Nacional de La Plata. Es autora, entre otros títulos, de Jóvenes. El futuro llegó hace rato.