La ecuación endiablada

Casi desde el surgimiento de los medios de comunicación de masas se supo que de inocentes tienen poco. Las primeras investigaciones sociológicas comenzaron en EE.UU. interrogándose por los comportamientos electorales, no mucho después de que Goebbels aprendiera a usar la radio para hacer más eficaz la propaganda nazi. Mucho antes de que se cuestionara ya sea el Aló Presidente de Hugo Chávez o ciertos excesos locales en el uso de la cadena oficial, fue un mandatario histórico estadounidense el que una vez por semana aparecía en radio a eso de las nueve o diez de la noche para acompañar a sus compatriotas en las célebres Charlas junto al fuego. Se trataba de Franklin Delano Roosevelt, caramba, varias veces reelecto pese a sus presuntos abusos de emisión.

Los dueños y muchos protagonistas de los medios de comunicación de masas, particularmente los audiovisuales, suelen fingir una suerte de sonrojada modestia respecto de su propio poder. Dicen que le deben todo a sus audiencias, y ahí tienen buena parte de la razón aunque no revisan desde qué poder económico y político esas audiencias pueden construirse. Dicen que “la tele es el espejo de la sociedad” sin preocuparse no sólo por precisar esa generalidad, sino sin preocuparse por si acaso no convendría portarse mejor. Hacen gambetas, guiños, se autoexaltan y se niegan a la vez, en un caso interesante de megaesquizofrenia.

Tienen un poco de razón cuando relativizan su poder, porque todos en este mundo saben que los medios tienen capacidad de impacto e influencia, pero nadie en este mundo puede establecer en cada infinita circunstancia de la vida social e histórica cuánto exactamente influyen precisamente o de qué modo, por qué a unos sí, a otros no, ni por cuánta duración, ni cómo se enreda e interactúa esa capacidad de influir con miles de otras cosas que también influyen, comenzando con la realidad de todos los días (cambiante para cada uno) y nuestra capacidad de comparar, reflexionar o analizar, a su vez sumergida y hasta tomada por nuestras emociones. Es que la ecuación acerca del poder de los medios es malditamente extensa, endiablada, encriptada, y varía y se mueve, cambia literalmente a cada rato, y es por eso que Mauricio Macri un día se saca una foto con Sri Sri y otra día con José María Aznar y otro día con la gestora de un comedor social y otro día con Scioli o De la Sota. Es una ecuación espantosamente extensa en la que se mezclan infinita cantidad de factores. Es como si en un laboratorio se mezclaran quichicientos mil ingredientes muy distintos y, para más perversión, cada décima de segundo se cambiara sutil o brutalmente la fórmula.

Pero, bueno, a veces conviene simplificar la cosa. Que los medios no son omnipotentes es conveniente tenerlo en claro: no existe la capacidad de teledirigirnos…, aunque a veces la idea tienta y “se parece a”.

En sentido contrario: si los medios, entre tantas cosas, no fueran dispositivos de poder y control social, lo primero que harían los militares cada vez que dan un golpe de Estado o cada vez que invaden un país no sería la rutina de tomar radios y canales (y ahora interferir en el funcionamiento de Internet, como sucede en China y otros países con culturas o gobiernos autoritarios). Si los medios no tuvieran ese vasto poder que escamotean (y por el que compiten entre ellos y con otros factores de poder, como el político), sus dueños serían dueños de fiambrerías y los periodistas seríamos fileteadores de pescado, arquitectos, pintores de brocha gorda. Y si los medios no tuvieran el poder que tienen, los políticos dejarían de empujarse en las colas de los sets de TV en su afán de hacerse conocidos.

El ciclo kirchnerista, aunque con simplificaciones riesgosas, ayudó a instalar (un verbo que nació de la cruza de medios, con comunicación, con política, con estudios de opinión pública y que hoy maneja cualquier hijo de vecino) esta discusión, que antes apenas si circulaba entre profesionales, académicos, políticos, militantes. La verdad de la cosa, tal como más o menos toscamente se dice en estos años, es que expresiones tan naturales como “periodismo independiente” efectivamente deben ser puestas en tela de juicio. Entre otras cosas, porque el invento del periodismo, o mejor dicho lo que antes se llamaba “la prensa” o “la libertad de imprenta” es un fenómeno que hizo al ascenso de las burguesías al poder, algo que en su momento tuvo mucho de transformador y progresivo. Lo fue cuando nacieron los panfletos en Europa, cuando La Gaceta de Mariano Moreno era una herramienta “militante” bien agresiva, o cuando nuestros diarios decanos, La Nación y La Prensa, nacieron como órganos de expresión de determinadas élites.

Con el tiempo la vieja “prensa escrita” fue dando paso a la era de las comunicaciones audiovisuales. Demasiado a menudo, y peligrosamente, como sucede en Argentina y muchos otros países, los diarios confluyeron en un mismo espacio corporativo con la tele, con las radios, con la generación de contenidos para el cable e Internet y con la capacidad empresaria de distribuir esos contenidos. Es mucho poder, es demasiado poder. Es una capacidad de intervención que cruza el puro poder económico (que 60 años atrás adjudicábamos a una petrolera, a la vieja United Fruit de los golpes en Centroamérica o “las oligarquías”) con la capacidad de intervención en las conciencias de las empresas de medios. Es un poder que desde hace un tiempo ya largo construye agendas, propone y delimita lo que las sociedades deben o no discutir, visibiliza o invisibiliza asuntos, o –cómo se decía más arriba– simplemente influye, impacta, genera determinadas formas del sentido común.

El poder mediático es algo así como lo que fue el poder de la Iglesia durante siglos, o es un vasto constructor electrónico de lo que tengamos en la cabeza. Como sucedió entre la Iglesia y ciertos reyes, príncipes o la burguesía, los medios además compiten con la política clásica. En este sentido, una astucia particularmente bonita de los medios es la de ubicarse en “la vereda de enfrente” de la política (una actividad más bien desgastada por el uso en todas las democracias existentes) de modo de ganarse el afecto de las audiencias y poder dar la batalla en mejores condiciones. Más curioso aún es que los medios y los periodistas dicen detestar lo peor de la política, y sin embargo no sólo que son actores políticos en sí mismos sino que reproducen lo que la política hace: se trata de ganar audiencias, de impactar, de convencer, de ganar la atención de los públicos, si es necesario simplificando brutalmente todo debate. Los medios, tácita o explícitamente, dicen detestar la demagogia y el populismo cuando son la primera maquinaria global de populismo al sostener con frecuencia lo más feroz de la antipolítica, al proponer que todo problema tiene soluciones mágicas, al buscar siempre culpables unidimensionales de todos los males que nos azotan, al empobrecer los lenguajes con que interactuamos.

De los programas de la telebasura a los conductores de espacios en los que supuestamente se debaten los grandes asuntos nacionales, todo es a los gritos, buscando sangre, apuntando a la yugular, creando climas de tensión que deriven en rating. Hay algo levemente hiltleriano en ese comportamiento. Eso da un poco de impresión. Es grave, tan grave como la capacidad que tienen los medios de intoxicarnos en climas de malestar, de miedo, de amargura, de queja permanente. Algo de eso se vio en los últimos cacerolazos y esto no contradice la otra verdad fundamental: que los medios no son omnipotentes, que no son capaces de robotizarnos y que resulta arduo de imaginar o construir una sociedad en la que los medios no tengan la centralidad que tienen hoy.

Eduardo Blaustein