Las paradojas del antirracismo

Existe hoy, en todo el mundo, la sensación de una novedad, o más bien, de una renovación radical del racismo y de las cuestiones que atañen a ese fenómeno. En algunos países, donde la continuidad histórica del mal es incontestable, se insiste sobre el modo en que había nacido, adaptado o sobrevivido. Es así que en Estados Unidos nació, hace más de veinte años, la idea de que un racismo “flagrante” se había vuelto “velado”, o más aun, que se había convertido en “institucional”, inscripto en instituciones y estructuras sociales, sin que la persona, individualmente, pueda ser acusada. En otros países, las representaciones del fenómeno insisten menos en la continuidad histórica del racismo, y más en la imagen de una emergencia, menos sobre sus inflexiones, y más sobre el aspecto novedoso. Eso ocurre especialmente en Europa occidental, donde los especialistas hablan de racismo diferencialista, de racismo cultural o de neo-racismo, para designar conductas y prejuicios que se diferencian del racismo clásico, al punto, según algunos analistas, de no tener nada en común con él.

Inflexión o renovación, continuidad o ruptura: los datos del problema cambian de una sociedad a otra, pero es posible postular una cierta unidad del problema, al menos en las sociedades desarrolladas: las expresiones contemporáneas del racismo encuentran su raíz principal en un conjunto convergente de transformaciones que afectan principalmente la vida social y económica; en segundo lugar, las instituciones, el Estado y el sistema político, y en tercer lugar, la cultura, las identidades, comenzando por la identidad nacional.

Esas transformaciones han sido bien descriptas desde hace algunos años, como para que volvamos sobre ellas aquí. Robert Reich, por ejemplo, en Estados Unidos, mostró cómo se agotó un “compromiso nacional” puesto en marcha en los años 50 del siglo XX, un acuerdo tácito entre dirigentes e inversionistas, asalariados, sindicatos y gobierno, que funcionaban como si estuviera ligado “el bienestar individual de los ciudadanos, la prosperidad de la nación y el éxito de las grandes empresas nacionales”. Didier Laperyonnie, en su comparación de las políticas inmigratorias de Francia y Gran Bretaña, insiste en la desestructuración de la sociedad nacional francesa y británica, la crisis de la idea de que sociedad y nación eran términos casi idénticos. Y yo mismo, en múltiples ocasiones, propuse pensar el ascenso del racismo en Europa a partir de un abanico de condiciones favorables: el fin de la sociedad industrial y la pauperización económica, visible en la ciudad; la crisis del estado benefactor y, más ampliamente, de los modos de intervención del estado, así como las dificultades para encarnar o imponer principios universales de igualdad; finalmente, el agotamiento de la articulación de la idea de nación con proyectos de modernidad, en provecho de un refuerzo de los nacionalismos, siempre sombríos e inquietantes.

Es por eso que me parece necesario rechazar una disociación que oponga una aproximación histórica o socio-histórica del racismo a una filosofía política del fenómeno; la primera aportando datos empíricos, necesariamente contextuales y situados; la segunda, categorías analíticas válidas. En cambio, tenemos que ser capaces de pensar el mal, y las eventuales respuestas que una sociedad nos aporta, a la vez en su singularidad histórica y espacial; y en un espacio conceptual suficientemente grande y diversificado para que esa singularidad pueda ser ella misma situada y ser objeto de comparaciones.

Podemos entonces plantearnos esta pregunta: ¿bajo qué condiciones se despliega hoy el racismo? La respuesta se facilita si consideramos los términos de un debate que puede ser formulado de diferentes maneras. Así se pudo distinguir y oponer el racismo universal, que parte de una idea de inferioridad biológica de ciertas “razas” humanas, y el racismo diferencialista, que insiste con el carácter supuestamente irreductible de ciertas diferencias culturales, para pedir la segregación, la expulsión o la destrucción de grupos minoritarios, acusados de desafiar la homogeneidad cultural de los grupos mayoritarios. O más aun, se ha podido distinguir las fuentes y las dimensiones sociales del racismo, relacionadas con la caída o la exclusión social, con el temor a padecerlo; y las fuentes y las dimensiones culturales del fenómeno, por ejemplo cuando procede de una crisis de identidad nacional o, a la inversa, de una confianza expansionista de la nación con ella misma.

Según la respuesta que se adopta a esas cuestiones, según el análisis que se haga de la naturaleza y las condiciones contemporáneas de la expansión del racismo, se está en condiciones de proponer o sostener orientaciones muy diversas para combatir el racismo.

Le paradoxes de l’antiracisme. Tomado de Esprit, octubre de 2011.

Michel Wieviorka