Oigo voces

Acentos

Desde hace un par de décadas el cine y la literatura argentina ampliaron el mapa geográfico de referencias para dar cabida a lugares y personajes del interior. El cine, por su parte, tiene el plus de un canal auditivo por donde pudieron colarse, además, los matices de tonadas provincianas que al principio sonaron en los oídos de espectadores ciudadanos más raros si cabe que los acentos regionales de las películas chinas u otras de oriente. Nada que argumentar contra las complicidades temáticas, estéticas y/o políticas surgidas del eje sur- sur, tan dignas de subrayar, tan sólo celebrar un sesgo que marca diferencias en ese sentido con la tradición del cine nacional dedicado a historias de provincia. Aún en las ficciones mejor intencionadas, los personajes podían lucir las rudas marcas físicas del campo pero jamás se percibía otro tono que el de actores y actrices con voces emparejadas a neutro por el doblaje. Es lo que sucede, por caso, en los yerbatales misioneros de Las aguas bajan turbias de Hugo del Carril (1952), o en los bosques chaqueños de Quebracho, de Ricardo Wullicher (1973).

En el medio, Shunko (1960), primera película dirigida por Lautaro Murúa, trajo la novedad de incorporar el cantito de algunos chicos santiagueños, como traducción aproximada del original literario de Jorge Washington Abalos, quien cuenta de sus experiencias escolares en medio de una vida rural atravesada de punta a punta por la oralidad del quichua. Pero la mezcla cotidiana de los dos registros lingüísticos tan corriente en el chaco santiagueño no aparece en la película. La traducción por vía de subtítulos para lenguas de minorías no tenía todavía lugar en las previsiones del cine nacional.

El film comienza con las primeras clases en el monte, en las que el maestro que interpreta Murúa trata de enseñarle a contar por medio de un ábaco al alumno receloso y medio retobado que es Shunko (“el más pequeñito” en lengua quichua, aunque no se aclare). El conteo de una suma incipiente daba, según el cálculo correcto del niño, kimza. “Tres, en castilla” se apresura a aclarar el maestro, como dándole a entender que las palabras tienen un formato y éste responde a un reglamento.

Más allá –o más acá- de las lenguas, es preciso reconocer que Murúa, actor chileno afincado en Argentina para quien el acento debía ser una obsesión, fue un pionero en el plan de afinar el oído además del ojo. O de percatarse de esa carencia nativa tan rara, si se piensa por ejemplo que en el campo del folclore dos voces cumbre como Atahualpa Yupanqui o Mercedes Sosa, desde los 50 y 60 acompasaban lo suyo con el ritmo trunco de su acento tucumano, modelo que después tantos folcloristas siguieron con sus propias tonadas provincianas.

Lenguas

En el inicio del nuevo siglo, la cineasta salteña Lucrecia Martel mostró su creencia en la fuerte relación de lo visual con lo sonoro –sobre todo de lo sonoro- en su primera película La ciénaga (2000), en la que un paisaje atravesado por el retumbo de truenos se tejía con las cadencias cercanas de las voces nativas. A sus conocidas experimentaciones con la banda de sonido en su filmografía, incorporó recientemente como tema central la lengua de las comunidades originarias. Entre los llamados Cortos del Bicentenario (25 films por sendos cineastas locales de ocho minutos cada uno, redondearon la cifra del festejo) Nueva Argirópolis de Martel incorpora la activa intervención de una serie de jóvenes, de niñas y niños de pueblos wichis del norte chaqueño que de principio a fin hablan, sin subtítulos, en su lengua.

El corto rechace la utopía geográfica imaginada por Sarmiento en 1850, (llamada igual, Argirópolis), a partir de un proyecto escolar en el que participan maestros y alumnos de una indefinida zona limítrofe del norte del país. Dicho plan consistiría – conjeturalmente, ya que las acciones o información sobre ellas en general, permanecen sin demasiada precisión- en hacer “navegar” conjuntos de envases plásticos de gaseosas vacíos, desde los ríos de las provincias del Norte y siguiendo el curso de los canales fluviales que en su descenso atraviesan varias provincias hasta llegar al Río de la Plata, donde ese material llega en racimos.

El experimento escolar incluye –o parece incluir- un proyecto comunitario por el que un grupo de ellos sigue el trayecto de las botellas, hasta reencontrarlas cerca de las costas bonaerenses. Agrupados y en montón, esos envases semejan modernos camalotes, suerte de naturaleza muerta en flotación sin asidero ni dueño. Pero un plan, o un saber de los habitantes de una pequeña comunidad norteña en los márgenes del río Bermejo, es considerado con sospecha en su destino final. La guardia costera argentina desconfía, detiene a los participantes, la performance comunitaria es interpretada como contrabando y nadie puede explicarlo, explicarse, en español. Solo les queda admitir a que su interior resulte explorado y expuesto a través de radiografías que buscan las huellas de sustancias escondidas.

Quiénes son? “ Mocovies,wichis, pilagás, qom, guaranies, tobas… no son como nosotros , dicen ellos…porque somos vagos, morenos, sin dientes, sobre todo sin dientes…”monologa alguien que pertenece a una tribu cuyo nombre no se especifica , en un trabajoso español.

Esta pequeña ficción de Martel ofrece la contracara de la utopía sarmientina: si Sarmiento buscaba forzar un orden institucional desarreglado por varias causas en el contexto histórico-político del siglo XIX, ella desordena la escena por vía de la proliferación de lenguas de los pueblos originarios. Su procedimiento formal no es menos político: en la estética de Martel la patria y sus signos asoman en la representación de espacios, de lugares (me refiero al espacio en la proporción del plano) por medio de cuerpos, de rostros con rasgos diferentes entre sí. Y sobre todo de lenguas que nadie interpreta, salvo una niña que entre susurros – el registro sonoro preferido por Martel para las voces- se encarga de traducir, en un pasaje, el discurso de una mujer que parece ser referente escolar, transmitido por Internet . Tecnología y modernidad también en el “otro”, que comparte esa vía comunicativa y parece apreciar sus valores. Se trata de un discurso edificante, como el de las educadoras de las escuelas sarmientinas. “Deberíamos estar unidos con todo el esfuerzo que hizo la Nación… Subamos a las balsas. Llevemos al trono a la noble igualdad” . (“Por que solo la mas chiquita entiende?” pregunta alguien. “Porque ella vivió con la abuela de este lado…”). Hay un “este lado” y un “otro”, un nosotros y ellos, comunidades nativas y blancas, una simbólica territorial de base acuática y móvil, sujetos inspeccionados por rayos X como recurso de control, Internet como canal de dialectos incomprensibles, todo puesto bajo el signo común del mercado, la tecnología, la modernidad . Y de paso, revelación por la técnica de una igualdad que los poderes institucionales sostienen en los discursos pero que no se sostiene ante la diferencia de una apariencia física o de las lenguas.

En el final, la guardia costera ratifica su rol de celoso control de las fronteras territoriales, aún para los propios: “Escucho voces”, se les oye decir mirando con desconfianza en todas direcciones.

Apariencias

Otra salteña, Natalia Seggiaro, estrenó hace poco en Buenos Aires su primer largometraje -después de su paso por el Festival de Berlín el año pasado- , que ya desde el título apela a la lengua wichi: Nosilatiaj. La belleza.

Con acciones situadas en una pequeña ciudad salteña, el argumento se apoya casi centralmente en el punto de vista de Yolanda , adolescente de origen wichi que trabaja como empleada doméstica en la casa de una familia de clase media. Al film se ingresa guiados sólo por su voz, que desde el fondo de un plano negro y con una calidez extraordinaria, convoca en su lengua recuerdos, imágenes familiares y paisajes ligados a su infancia. Los espectadores accedemos al sentido de ese pausado relato oral a través de subtítulos que nos acercan la visión subjetiva de la niña en pasajes que alternan el pasado con escenas de su presente, en el que la conducta de sus patrones es mostrada –y este es sin duda el punto más alto de los procedimientos narrativos de Seggiaro- con el filtro de su punto de vista. Aunque semi lunáticos y neuróticos, todos tienen buenas intenciones, pero asoman como los definidamente “otros”, o al menos no muy centrados en el mundo interior doméstico propuesto.

Los preparativos del cumpleaños de 15 de la niña de la casa, chica acomplejada por su pelo con rulos indomables, dominan la cotidianeidad de la casa y agitan los afanes de una madre entre ansiosa y despistada. Decidida a pulir la apariencia de Yolanda, la lleva a comprar ropa y a pasar por la peluquería donde una melenita corta y “de lo más moderna” reemplaza su larga melena lacia y negra recogida en una trenza. La película había mostrado en una bella escena inicial y a partir de frases de la madre de Yolanda peinándola de niña, el valor que el pelo tiene dentro de la cultura wichí, de modo que el acto banal de coquetería para las mujeres criollas, aun con el mejor de los propósitos, es percibido como una castración dolorosa por la niña.

Esta es una expresión extrema de la distancia establecida entre el micromundo familiar de los “blancos”, desprovisto de gestos de afecto y de cuidado, a diferencia de una cosmovisión que incluye el afecto y el cuidado por encima de todo, como manifestación hacia los seres queridos, los animales, la tierra y la naturaleza entera. Una sensibilidad tejida de esta manera resulta incomparable con la sostenida por vínculos, tanto familiares como sociales, desprovistos de querencia, armonía, o encaradas sólo en los términos diarios de subsistencia. Seggiaro mantiene de principio a fin estas tensiones en su película, tensiones que se presentan, finalmente, en términos de la contradicción entre ambas culturas en cuanto al valor que conceden a la apariencia, apariencia en el sentido de aparición, de revelación y señal visible ante el otro. Pero que a cada paso es descubierta por el misterio y el recorrido de una voz y su lengua.

Ana Amado

Es profesora universitaria y ensayista. En otros libros ha publicado La imagen justa. Cine argentino y política 1980-2007