Tiempo presente, el verdadero tiempo de la Historia

Para la mayoría de las escuelas historiográficas hoy día, el presente es el verdadero tiempo de la Historia. Pero algo muy diferente ocurrió allá lejos, durante largas décadas de desempeño de la historiografía. En efecto, cuando la disciplina surgió a inicios del siglo XIX como saber especializado, ceñido a los acontecimientos documentados y de alto cultivo misógino – ya que las mujeres no accedían a las universidades y menos a los archivos –, sus oficiantes sostenían que analizaban el pasado sin ninguna colonización del presente. Se forjó así un largo ciclo de apego al tiempo pasado, como si los acontecimientos que contextualizaban la vida de quienes oficiaban como profesionales de la Historia no tuvieran ninguna incidencia en su tarea.

A inicios del siglo XX la Historia fue sacudida por nuevos modos de pensar que trastocaron la noción de sus tiempos. Un autor muy conocido, brillante y polémico, Benedetto Croce, sostuvo que la Historia no era más que una función del presente, y se le atribuye una frase contundente que es casi un programa: “Toda la Historia no es otra cosa que historia contemporánea”. Sin duda una de las escuelas historiográficas que probablemente más ha incidido en nuestro medio, la denominada Annales – surgida en Francia en la década de 1920-, cuestionó la idea de un pasado incontaminado, prescindente del presente. La nueva corriente del conocimiento que se debió a su impulso (aunque no fue la única en proponer cambios conceptuales), aseveró que nos ocupábamos del pasado con intereses, afecciones y puntos de vista del presente. No hay nadie dedicado al saber histórico que pueda despojarse de las influencias de su contexto social, de sus condicionantes, de los influjos epocales. Los acontecimientos del pasado en gran medida lo son porque quien los interpreta justamente los convierte en fenómenos históricos. Los archivos, las fuentes documentales, los textos y las imágenes que corresponden al tiempo pretérito sólo se expresan a través de intérpretes contemporáneos. Quienes hemos elegido como profesión la investigación del pasado, no vamos a su encuentro despojados, en estado de “tabla rasa”: seleccionamos los objetos, los interrogamos e interpretamos desde nuestras perspectivas. Los documentos hablan mucho más el lenguaje de los vivos que los muertos.

Que la Historia sea una narrativa construida al influjo de sentimientos e ideologías del presente no la hace arbitraria. Todo conocimiento humano innovador se sustenta en el impulso de la pasión, pero no se somete a su mandato. Pero debe saberse que sin un conato apasionado – como sostenía el gran filósofo Spinoza –no hay preguntas cuestionadoras, y por lo tanto no hay aventura del conocimiento. La ciencia histórica comparte ese punto de partida subjetivo, está condicionada por el tiempo que le toca vivir a sus oficiantes. Daré un ejemplo palmario: muy difícilmente pudo haber visibilidad historiográfica de las mujeres en sociedades que no las reconocían. Para que haya observación de determinados procesos y sujetos, debe haber un estado contemporáneo de atención a su significado.

Para evitar el capricho de la elaboración historiográfica, existen algunas reglas fundamentales: hay obligación de poner en evidencia las pruebas con que se ha construido la interpretación de un fenómeno y debe enunciarse cuál es el punto de vista que conduce el análisis. Sin embargo, un fantasma recorre la actividad que produce conocimiento en la disciplina, se trata del anacronismo. ¿Qué quiere decir que el tratamiento del pasado es anacrónico? Quiere decir que se interpreta el pasado con los esquemas mentales del presente. Debe saberse que una cosa es que la Historia necesariamente responda a ideas, conceptos y sentimientos del presente, y otra muy diferente, que se adjudiquen al pasado las nociones y representaciones de la actualidad. Para ilustrar la cuestión daré otro ejemplo. La Historia de las relaciones de género y de las mujeres ha sido posible gracias a los combates contemporáneos por garantizarles derechos, pero no podemos volver al pasado visibilizándolas, como si ellas hubieran tenido conciencia de las relaciones jerarquizadas de género. El feminismo, como corriente colectiva, todavía no tiene dos siglos de existencia y su manifestación, hasta el ingreso del siglo XX, fue muy rala. Cuando adjudicamos “conciencia feminista” a mujeres del siglo XII estamos cometiendo anacronismo, simplemente porque no existía entonces la noción de feminismo.

En resumen, al pasado sólo accedemos con marcas contemporáneas, con determinadas concepciones ideológicas, pero no podemos confundirlo con los equipamientos mentales y los sentimientos propios de la vida actual.

Dora Barrancos

Es historiadora. Profesora universitaria, investigadora principal del CONICET, entre otros libros publicó Mujeres en la actualidad argentina.