Memoria, verdad y justicia. La singularidad del caso argentino

Voy a dar por conocido, en términos generales, el proceso político seguido en Argentina desde el año 2003 en relación con las políticas de memoria y el tratamiento del pasado reciente. Ese proceso que tiene que ver con la derogación de las leyes de impunidad, con la reanudación de los juicios contra los responsables del terrorismo de Estado, la recuperación de los niños apropiados, el dictado de diversas leyes reparatorias y las políticas referidas a los sitios de memoria. Podríamos enumerar otras medidas importantes, como las dirigidas hacia las fuerzas armadas, tratando de modificar los planes de estudio e instalar el tema de los derechos humanos. Para sintetizar, digamos que esta política tiene tres ejes, que son Verdad, Justicia y Memoria. Y esto no es tan simple, necesariamente, como parece.

¿Qué quiero decir con esto? ¿Cómo explicar la singularidad del caso argentino? ¿Qué significa, por ejemplo, decir que trabajamos por la verdad? Porque hoy en el mundo es muy difícil encontrar un consenso acerca de una definición de la verdad. Si hay algo que caracteriza a la filosofía y a las ciencias sociales en el siglo XX es que la idea tradicional de la verdad, la que impuso la filosofía clásica griega hace 2.500 años ha entrado en crisis. Se entendía, desde entonces la verdad como la correspondencia entre el pensamiento y la cosa. Yo digo “esto es blanco” porque efectivamente la cosa es blanca, entonces estoy diciendo la verdad. El idealismo kantiano complicó algo las cosas porque estableció que era el sujeto quien ponía las condiciones del conocimiento, pero, de todos modos, se mantuvo la idea de una correspondencia entre el sujeto y el objeto Pero, más tarde, aparecieron otras concepciones sobre la verdad. Por ejemplo, hay quienes plantean la cuestión como una lucha entre diferentes discursos, por imponer su verdad. Entonces ya la verdad no es una sola, y además la verdad tendría que ver con el poder.

Por otro lado, si pensamos la verdad en relación con la historia, el consenso es mucho menor todavía. Ustedes saben que también se enfatiza mucho últimamente que la historia es necesariamente una narración. Entonces, aunque no podamos caer en el negacionismo de los hechos, si es una narración tiene también necesariamente mucho de ficción. En segundo lugar, me pregunto: ¿estamos seguros de que queremos establecer una verdad única sobre lo ocurrido en los años 70, el terrorismo de Estado, la dictadura? Yo no estoy tan seguro, porque me parece que lo importante de este proceso que estamos viviendo en Argentina hoy es que sigue dejando lugar para un pluralismo político muy notable entre quienes apoyan la política de derechos humanos y las políticas de memoria, que hay mucho campo para los debates, y que además hay temas que no hemos analizado demasiado todavía. Por ejemplo, los hijos dicen, y los apoyamos: queremos seguir el camino de nuestros padres. Pero no discutimos tanto acerca de cuál fue el camino de nuestros padres. En general, partimos –obviamente es lo que yo pienso- de una recuperación, de una valoración positiva de lo que significó en Argentina la gran movilización popular, la gran lucha de los años 70. Pero es posible tener diferentes miradas acerca de eso.

Entonces, ¿por qué a pesar de todo esto que estoy diciendo seguimos diciendo nosotros “luchamos por la verdad”? Bueno, porque en Argentina hemos vivido una operación criminal de una magnitud inimaginable, y un operativo de ocultamiento de una significación tal vez similar. Entonces, aclarar lo que pasó, ver cuántos fueron los desaparecidos, los presos, los niños apropiados, cuáles fueron las políticas, quiénes fueron los cómplices, quiénes fueron los ejecutores, tiene necesariamente una importancia central. Sin hacerse cargo de esa verdad de lo ocurrido es muy difícil pensar en la construcción de un país democrático y más justo.

Pero a pesar de todo esto, se discute si la búsqueda de la verdad debe ser una tarea del Estado. ¿Es tarea de la política buscar la verdad? Esto nos lleva necesariamente a una discusión que conocemos todos, pero es inevitable recordar. Si uno piensa la política en función de valores, en función por ejemplo del valor de la justicia, está claro que hay que avanzar en el camino de la verdad. Pero es distinto si uno piensa como pensaba Max Weber, que, a pesar de que consideraba bueno que hubiera un poco de ética de las convicciones en la política, en última instancia había que hacerse cargo -y eso era lo que definía al político- de las consecuencias de los actos que uno llevaba adelante, por eso se hablaba de la ética de la responsabilidad. Entonces ahí ya otra vez vuelve la duda. Porque, ¿cuál es el precio que hay que pagar por defender a ultranza la verdad? Que, hoy en la Argentina, quiere decir también cuál es el precio que hay que pagar por llevar adelante la tarea de la justicia sin condicionamientos ni limitaciones.

Esta fue una discusión que tuvimos inmediatamente después del restablecimiento de la democracia. Después de que el presidente Alfonsín impulsó el juicio a las juntas, acontecimiento importantísimo como iniciador de todo un proceso posterior, poco tiempo después vinieron los reclamos de los militares, la expectativa que suscitó la reacción del gobierno enfrentando ese levantamiento, el apoyo que le dio toda la sociedad y recordamos lo que significó la tremenda decepción ese mismo día, cuando salimos de la Plaza de Mayo mirando para abajo. Y de alguna manera, esa opción por la impunidad fue un precio muy alto que tuvo que pagar ese presidente, que se vio en buena medida deslegitimado a partir de allí, y que fue arrojado del gobierno casi un año antes de que venciera su mandato a pesar de esta concesión que había hecho al poder militar. Sin embargo, quienes todavía hoy defienden esa política dicen “se actuó responsablemente”.

A partir de 2003, en una sociedad donde la deslegitimación de la política había avanzado de manera notable en los episodios de 2001, el gobierno de Néstor Kirchner manifestó, ya en un inicio, su vocación por desandar este camino e impulsar la nulidad de las leyes y el inicio de los juicios.

ero la acción de la justicia también fue y sigue siendo problemática. Hemos cambiado la Corte Suprema de Justicia, lo cual fue un paso importantísimo, pero no hemos cambiado el resto del Poder Judicial: las causas se demoran, un juez se escapó a Chile el otro día para no ser procesado por su complicidad con la represión de la dictadura. Y entonces aparece gente que dice “¿Y hasta cuándo van a seguir los juicios? Porque está bien que haya juicios, cómo no va a estar bien que vaya preso Videla, pero, ¿vamos a seguir durante años, y entonces vamos a vivir permanentemente sobre ascuas?”. Yo creo que los que pueden vivir sobre ascuas son aquellos que todavía no han sido procesados y podrían  razonablemente esperar que les tocara. Pero no creo que hoy la sociedad argentina, por el hecho de que tengamos casi dos mil personas procesadas por su responsabilidad con el terrorismo de Estado esté viviendo sobre ascuas. Por otro lado, hay países europeos en los que 60 años después del término de la guerra seguía habiendo juicios.

Y ya que hablamos de la verdad antes, y de la justicia ahora, el caso argentino tuvo una singularidad, los juicios de la verdad, que fue una estrategia, como lo fueron también los juicios en el exterior, de reemplazo frente a la imposibilidad de llevar adelante los juicios en el país por la vigencia de las leyes de impunidad. Estos juicios tuvieron un efecto muy importante, asociaron la lucha del movimiento de los derechos humanos con el valor de la verdad. Además, la revelación de los crímenes en los juicios de la verdad fue también otro elemento que hizo más difícil el sostenimiento de las leyes de impunidad.

El tercero de los pilares de esta política es la memoria. Y si los otros dos eran problemáticos, la discusión sobre la memoria es más complicada todavía. En primer lugar, porque a lo largo de la historia, ha habido más propagandistas del olvido que de la memoria. Si uno piensa en quiénes se identificaron a rajatabla con la memoria, la verdad es que sólo aparece nítidamente la historia del pueblo judío, el pueblo del Libro. Entre los judíos se ponían sanciones que establecía el Talmud a quienes no recordaran. Porque en realidad ese pueblo –no olvidemos que no tenía un estado todavía- ese pueblo subsistía, afirmaba cotidianamente su identidad en esa recordación permanente de la Biblia, del Talmud, de su historia, que era una historia de vejaciones, de dolores, como la de casi todos los pueblos. La tradición de Atenas es absolutamente distinta, a tal punto se consideraba necesario el olvido –la amnistía se asociaba con la idea misma de la política- que una ley del siglo V antes de Cristo prohibía recordar las desgracias 1

Muchos pensadores a lo largo de la historia han predicado las virtudes del olvido. Hay un famoso escrito de Nietzsche, un autor cuyo pensamiento tiene cada vez más vigencia en los últimos tiempos, que habla de la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida. Y en realidad, enfatiza más el perjuicio que la utilidad. La cultura histórica de la que se enorgullecía el siglo XIX, aparece como “defecto y carencia de esta época” para Nietzche, quien identificaba, en buena medida, la felicidad con la capacidad de olvidar 2.

Otro filósofo -éste francés, un poco anterior-  Ernest Renan, decía que sobre el olvido se construyen las naciones. Porque si no olvidamos no habría posibilidad de construir una nación que necesariamente albergaba gente que había tenido antes conflictos entre sí, que tenían distintos orígenes y creencias religiosas. Y decía más todavía: bienvenido sea el error histórico porque los errores históricos no responden a la casualidad. Si se han afirmado es porque esos errores han permitido este acuerdo que sostiene la nación. En consecuencia, sostenía Renan, el progreso de los estudios históricos se constituye a menudo en un peligro para la nacionalidad 3. Y por si esto fuera poco, ya sabemos que en el mundo contemporáneo son más los ejemplos nacionales en los que se predican las virtudes del olvido, o por lo menos no se enfatiza la necesidad de la memoria. Esto puede resultar paradójico, porque desde hace tres décadas, se asiste en todo el mundo a un importante esfuerzo de memoria que marca también un giro significativo en el mundo de la cultura. La necesidad de recuperar huellas y trazos del pasado llevó a que los museos recobraran el lugar privilegiado que ocupaban hasta que fueron condenados por las vanguardias de los años 60 y que se expandieran hacia un público más amplio. Los monumentos conmemorativos proliferan por doquier dando lugar a un muy rico debate sobre las coordenadas de Arte y Memoria en el que no faltan los reparos de quienes temen el predominio del espíritu de lucro o mero entretenimiento. Por otra parte, los relatos de las víctimas y sobrevivientes del genocidio nazi y otros crímenes de lesa humanidad alcanzan tanta importancia como para que una autora haya podido calificar a nuestro tiempo como la era del testigo. Estos trabajos de rememoración, ubican naturalmente, al Holocausto como tema central.
No siempre está claro, sin embargo, el sentido que tiene para todos este trabajo de memoria. Se ha dicho que las iniciativas de memoria proliferan como compensación, en la medida que se ha perdido un proceso espontáneo de transmisión entre generaciones y se debilitan las ideas que sustentaron durante mucho tiempo la cultura y la política de la Modernidad: cuando el presente se estrecha ante las vertiginosas transformaciones técnicas, científicas y culturales, este retorno hacia el pasado tendría que ver con la pérdida de expectativas sobre el futuro. En ese contexto, muchos entienden que se recupera un pasado que se considera muerto, en la medida que las opciones políticas y culturales de ese mundo ya no son las nuestras. Criticando esta mirada, Enzo Traverso ha señalado las muy negativas consecuencias que para una más profunda comprensión de la historia del siglo XX plantea la negación de tradiciones como la del antifascismo europeo que sustentaron la lucha de millones de personas contra el horror del nazismo.

Sin embargo, este esfuerzo de Memoria no ha impedido que en la mayoría de los países latinoamericanos que padecieron dictaduras se haya limitado mucho el juzgamiento de los responsables, que en Sudáfrica se haya ofrecido el perdón a todos aquellos que declararan la verdad o que la tímida ley de Memoria Histórica española no haya logrado avances significativos. ¿En que se sustenta esta peculiaridad del caso argentino? Es necesario encontrar la explicación en las condiciones en que se dio la transición a la democracia y en los procesos políticos de cada país, porque no creemos que existan, en principio, pueblos virtuosos y otros que lo sean menos.
La Comisión de la Verdad que impulsó el gobierno sudafricano se apoyó en la conclusión de que era imposible para las víctimas del apartheid no gobernar junto con los blancos que controlaban la administración, la economía, el ejército y la policía. Y a partir de allí casi necesariamente se pensó que condenar era difícil, porque  había que condenar a casi todos, porque no se encontraba muchos sudafricanos blancos que no hubieran sido racistas. Otro ejemplo que siempre se trae, la reconciliación entre Francia y Alemania después de dos guerras, se explica porque necesitaban juntarse para construir la Unión Europea y desde esta perspectiva los enemigos eran otros. La política de reconciliación apareció con un paso necesario para la nueva etapa que se abría.

No creo que razonamientos de este tipo, si bien algunos los hacen, tengan vigencia en el caso argentino. No porque la dictadura no tenga sus sostenes, sino porque me parece que los grupos realmente responsables de la dictadura militar, por ejemplo, los grandes sectores económicos identificados con el ministro Martínez de Hoz, que hoy ya está preso, afortunadamente, representan un grupo social muy poderoso, por supuesto, pero que no forma parte de un proyecto político popular para la Argentina de hoy, aunque ese proyecto tenga que incluir a la amplia mayoría de la sociedad.

Por otro lado, el caso argentino tiene también dos particularidades muy notables. La primera es que acá no hubo una transición pactada. Ustedes recuerden que el mismo general que era presidente durante la guerra de Malvinas, menos de un año antes dijo “las urnas están bien guardadas”, y después de la guerra se convocó casi inmediatamente a elecciones. Muy distinta fue la situación en Brasil y Chile, con dictaduras que se prolongaron mucho en el tiempo y que pudieron pactar ciertos elementos que garantizaban su situación durante la transición.

El segundo elemento notable –y esto no es novedoso decirlo- es que aquí en Argentina se dieron situaciones, no sólo tan traumáticas, sino de vigencia tan continuada, que hacían mucho más difícil el olvido y la aceptación de la impunidad. Todos sabemos lo que implica la figura del desaparecido, la imposibilidad del duelo, y ni hablemos de lo que significa la figura de los niños apropiados, porque tenemos el ejemplo extraordinario de las Abuelas, que desde hace 35 años, siguen buscando a esos niños y los van a seguir buscando siempre. Porque es muy difícil imaginar que pueda aceptarse esa apropiación como una cosa que pasó. Por supuesto que lo que está ocurriendo hoy no se explica simplemente como consecuencia natural de estas situaciones. Tuvo que ver con una lucha del movimiento de derechos humanos, que es el dato más importante de toda una época argentina, y con una decisión política notable del presidente que asumió en 2003.

Estas políticas de memoria y las miradas sobre el pasado reciente, han pasado por dos etapas. A comienzos de la recuperación de la democracia, el relato dominante sobre el período dictatorial enfatizaba la responsabilidad de dos sectores que se habían enfrentado con las armas, equiparando, de algún modo, a la dictadura y a quienes la habían enfrentado, Esta versión, –conocida como la teoría de los dos demonios- permitió acusar a los jefes militares como ejecutores del terrorismo de estado, en un juicio que contribuyó significativamente en la toma de conciencia pública sobre los crímenes de la dictadura.  Pero esa política presentaba carencias muy serias  además y ubicaba al resto de la sociedad como mera espectadora del conflicto, desconociendo tanto el apoyo que en un primer momento un amplio sector dio a las organizaciones armadas como el rol activo de muchos sectores de la sociedad civil en la preparación y el apoyo al golpe militar.

Esta lectura del proceso dictatorial, que no profundizaba los conflictos sociales y políticos que la antecedieron, debía necesariamente jerarquizar la figura de la víctima, acompañando una tendencia que se ha vuelto dominante en muchos países que sufrieron masivas violaciones a los derechos humanos. La reacción de horror frente a la monstruosidad del proceder de la dictadura se acompañaba así del homenaje a quienes habían sido sus víctimas, pero este reconocimiento era parcial, puesto que se trataba de ciudadanos cuyo compromiso social y político no era conocido o se evitaba difundir. Esto también produjo como efecto un gran desatención acerca de lo que  había significado el proceso previo a la dictadura en la política argentina, sobre todo en los años 73 y 74, que fueron de una riqueza tremenda en cuanto al debate político, la movilización y el surgimiento de un proyecto emancipatorio.
A medida que se comprendió que el mejor conocimiento de los aciertos y errores de las organizaciones populares no podía ser utilizado para justificar el golpe militar ni para evitar la condena de sus responsables, comenzó a desarrollarse gradualmente una visión más rica de lo ocurrido en los años de plomo y al mismo tiempo se enriquecieron los trabajos de memoria. Los desaparecidos comenzaron a ser reivindicados en su individualidad, en su actuación en los distintos territorios y lugares de trabajo, reconociendo su actividad política, social y cultural.

La creación del Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, por parte de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, significó una toma de partido en torno a la cuestión sobre la posibilidad de representar el Genocidio en las artes plásticas, el cine, el teatro, la narrativa, y hasta la historieta, que ha generado grandes polémicas en todo el mundo. Es cierto que desde los años ’80 –como señala Andreas Huyssen-  ya no se debate si representar el Holocausto sino como hacerlo. Pero la enfática afirmación de Adorno acerca de la imposibilidad de hacer poesía después de Auchwitz se repitió demasiadas veces, sin que se hiciera un esfuerzo similar por comprender más globalmente el pensamiento del autor.

Como el mismo Adorno admitió, más tarde, las negativas implicancias de su afirmación, es bueno citarlo: “la perpetuación del sufrimiento tiene tanto derecho a expresarse como el torturado a gritar; de ahí que –escribió en su Dialéctica Negativa- quizás haya sido falso  decir que después de Aschwitz no se puede escribir poemas”. Adorno agregaba que la verdadera cuestión era otra: saber si después de Auschwitz era posible seguir viviendo.Y aunque en el párrafo que citamos la pregunta se refiere al sobreviviente -“que escapó de la muerte teniendo de suyo que haber sido asesinado”- del conjunto de su escritos se desprenden responsabilidades más globales. Aunque la mera consideración de El Holocausto como corolario necesario de la modernidad y de la lógica de la sociedad industrial, lleva a simplificar un debate más complejo, es cierto que Auschwitz nos sigue interpelando como integrantes de una época que mostró una inédita capacidad para dañar al semejante y la casi ilimitada tolerancia del género humano para convivir con tantas aberraciones.
Para contestar estos interrogantes, el arte y la cultura tienen un  rol central. No se trata sólo –como planteaba Adorno- de permitirse escuchar el grito de los torturados, tampoco de que la evidente excepcionalidad de Auschwitz nos impida ubicarlo en un contexto histórico y entender que esa disposición genocida aún no ha cesado. Para alumbrar la tragedia desde las más diversas perspectivas, para un diálogo fecundo entre las artes, las letras, el pensamiento y la investigación, para encontrar los modos de interpelar al pasado que permitan a nuestro tiempo recuperar una expectativa de futuro, la tarea es apasionante y el desafío no es menor.

En esta perspectiva la tarea de memoria, tal como intentamos con criterio plural practicarla en nuestro Centro Cultural,  no es sólo la recordación del horror de los crímenes ni el merecido homenaje a las víctimas. Hacemos memoria del genocidio porque queremos que el recuerdo  de esas prácticas aberrantes quede grabado en la conciencia de la sociedad argentina, impulsando la condena de éste y todos los genocidios –como el que se practicó con los pueblos originarios- pero hacemos también memoria de las luchas populares por otras buenas razones. Porque permite comprender mejor la naturaleza del conflicto sobre el que se instaló la dictadura y advertir, además, cuánto tienen de actual los ideales y aspiraciones de esos militantes que los golpistas desaparecieron y asesinaron.

Intervención de Eduardo Jozami en el panel sobre Políticas de la Memoria en el Cono Sur, el 1° de octubre del 2011, en el IV Seminario Internacional de Políticas de la Memoria organizado por el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti

www.eduardojozami.com.ar

Notas

  1. Naturalmente, la cuestión es más compleja porque no faltan en la Grecia clásica reclamos por la memoria, como el de Electra en el drama de Sófocles. Pero el borramiento de los litigios del pasado aparece como la norma predominante. Ver “De la amnistía y su contrario”,en Y. Yerushalmi y otros, Usos del Olvido, Buenos Aires, Nueva Visión 1989.

  2. Friedrich Nietzche, II Intempestiva. Madrid, Biblioteca Nueva 2003. págs. 37-39.

  3. Ernest Renan, ¿Qué es una nación?, Madrid, Sequitur 2006, pág. 34.

Eduardo Jozami

Eduardo Jozami nació en Buenos Aires en 1939. Dirige el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti.